Por Manuel Álvaro Ramírez R.

En Colombia, como en buena parte del mundo occidental se está perfilando una
nueva derecha fascistoide que, por ahora, no representa ningún peligro, pero que
puede resultar en una seria amenaza en el mediano plazo si la izquierda no hace
las cosas bien. Afortunadamente la situación como va permite mirar el futuro con
optimismo.
La nueva derecha arma un discurso de odio muy disimulado y cree que su bastión
serán los oficiales de insignia de las Fuerzas Militares, por lo que ha empezado a
construir su imaginario en defensa de los héroes de la patria, que según la
senadora María Fernanda Cabal sí existen y en eso, hasta podríamos estar de
acuerdo. En lo que sí tenemos que hacer claridad, es en que en los altos
estamentos militares ha existido un contubernio con el narcotráfico que era el pan
de cada día hasta hace poco tiempo en los noticieros. Existen videos,
grabaciones, fotos y mucha evidencia en manos de los organismos del Estado que
prueban la cercanía de oficiales de alta graduación con reconocidos
narcotraficantes. Esta simbiosis entre armas y droga es sumamente peligrosa para
la democracia, porque la droga produce dinero y el dinero significa poder político
en el capitalismo.

Esta nueva derecha se especializa en estigmatizar a la gente pobre, los dibuja
como unos verdugos que atacan a los inermes agentes del orden, ergo, cualquier
muerto resultante en una protesta es un “buen muerto”, porque es un vándalo sin
siquiera entender que los vándalos fueron un pueblo que pasó a la historia por su
capacidad de combate. El discurso va calando en la gente en la medida en que se
expanda y para eso se requiere la difusión correspondiente; ese papel lo cumplen
medios de comunicación con profundos intereses económicos acostumbrados a
ser los eternos usufructuarios del poder político. Los medios requieren capítulo
aparte.
Los voceros de esta tendencia se disfrazan de defensores de los más débiles y
son hábiles en tergiversar y distorsionar las realidades, se tejen historias falsas y
de tanto repetirlas mucha gente termina creyéndolas. Por ejemplo, que Gustavo
Petro tiene casas en Miami y que sus hijos están en el exterior, no porque hayan
tenido que salir exiliados huyéndole a la muerte sino porque son unos privilegiados
que disfrutan de lujos y riquezas que son las injusticias que su padre combate. He
hablado con oficiales de las Fuerzas Armadas y todos coinciden en este tipo de
versiones, lo que sorprende, porque ninguno acepta que todo esto sea un cúmulo
de mentiras urdidas de mala fe. Hay honrosas excepciones de oficiales bastante
estructurados.

Finalmente, los ideólogos de esta nueva derecha mezclan medias verdades para
deslegitimar las decisiones que pueblo colombiano tomó al elegir como su
presidente a Gustavo Petro. Consideran que es incomprensible que, mediante
elecciones libres, el pueblo haya elegido a un exguerrillero, que militó en un
movimiento que mató a un sindicalista y se tomó el Palacio de Justicia.
Ambos hechos sucedieron, pero cuando mataron a José Raquel Mercado, Petro
tenía 16 años y aún no militaba en el M19 y cuando sucedió la toma del Palacio de
Justicia, en noviembre de 1985, estaba recién capturado por el Ejército en la
Escuela de Caballería. Pero si haber militado en la insurgencia es el problema,
recordemos que Simón Bolívar antes del ejército libertador, conformó grupos
guerrilleros y que Régis Debray, para sólo poner un ejemplo reciente, fue también
insurgente en Bolivia y eso no fue obstáculo para que después fuera nombrado en
Francia como asesor de políticas exteriores para el tercer mundo por François
Mitterand, de manera que ser guerrillero no es necesariamente algo que
deslegitime a una persona, incluso la enaltece.

Magíster en Economía

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