Opinion

EL SUTIL ARTE DEL VAINAZO

Por: Rafael Antonio Mejía Afanador

El ser humano tiene algunas cosas que lo diferencian de los demás animales. Una de ellas es la estupidez, otra, la comunicación. Planteaba alguna vez Chomsky –ese mismo gringo que tanto incomoda a los gringos– algunos elementos para el análisis lingüístico como: lenguaje, lengua, habla, comunicación, etcétera, cada uno con sus conceptos, contextos, ejemplos, malos ejemplos etc. 

En ese orden de ideas, el ‘compañero’ Chomsky explicaba que la comunicación se da cuando el individuo utiliza el lenguaje para transmitir ideas, emociones, pensamientos y demás, gracias a su competencia lingüística, que, para sorpresa de muchos, todos tenemos. Por eso al niño no le enseñamos sus primeras palabras en la forma de sujeto + verbo + complemento, sino que ya el humano viene con la estructura mental para hablar el idioma que lo rodea, desde el inglés hasta el chibcha. 

Por eso Emeterio, el de Los tolimenses, decía con sorna que “los gringos son más inteligentes que nosotros porque desde chiquiticos hablan inglés, compadre Jelipe”.

En ese orden de ideas, la competencia lingüística es el uso real del lenguaje en todos los actos comunicativos pragmáticos, que puede verse afectado por errores, distracciones etc. Por ejemplo, un hablante nativo del español sabe de forma innata que la frase correcta es “el perro corre” y no “el corre perro”. Pero si escucha “el perro cole” ya nos metemos en el terreno de la actuación lingüística

Aquí es donde comienza Cristo a padecer porque esa actuación es de la que se valen algunos para manipular, tergiversar, magnificar u ocultar la realidad. 

Pero no estamos en clase de lingüística ni nada parecido. Adonde voy es al mal uso que le damos al lenguaje, sobre todo en redes sociales. Como todo tiempo pasado fue mejor, hasta el insulto de antaño tenía su traje de etiqueta. No tanto como el orangután con esmoquin de Darío Echandía, pero sí tenía su sutil veneno, su primitiva delicadeza.

Recuerdo un fino vainazo, a propósito del cambio de nombre de Bogotá por el pomposo y colonial Santa Fe de Bogotá, genialidad de Juan Martín Caicedo Ferrer. Escribía alguien en El Tiempo (¡ah, tiempos!) que alguna vez en el sector de Las cruces en la Bogotá del S.XIX, había un concurrido restaurante llamado La meseta del Carmen, pero el populacho la llamaba La mechuda del Carmen. Alguna vez un cliente se sintió ofendido y dejó su vainazo, a la vista de todos, en una servilleta:     

Esto se llama meseta

y no la mechuda del Carmen

y el que la quiera llamar mechuda,

mechuda será su madre.

El ingenio de otro asiduo comensal salió a flote y le dejó su respuesta en otra servilleta:

Esto será la mechuda

y no la meseta del Carmen

y el que le quiera cambiar el nombre

que se lo cambie…

Son también famosas los venenosos y finos vainazos de Winston Churchill, ampliamente conocido por su geniecito. Sir Bernard Shaw le envió a Churchill dos entradas para la premier de su obra Pigmalión, con una nota que decía: Le envío dos entradas para la primera función, traiga a un amigo… si es que tiene amigos. Churchill no perdió el tiempo: No podré asistir a la primera función, pero con gusto iré a la segunda… si es que hay segunda.

En otra ocasión, al mismo Churchill se dirigió una parlamentaria que le dijo: Señor está usted borracho (el hombre era la versión etílico – británica de Guillermo León Valencia). Al instante Churchill retacó: Y usted es una vieja fea, pero a mí la borrachera se me pasa mañana.

Dorothy Parker, famosa escritora de turbulenta vida amorosa, le contestó una vez a un periodista que le preguntó por qué no se casaba. La chica respondió al instante: porque me gusta dormir sola y despertar acompañada. ¡Plop!

Alguna vez le preguntaban a Groucho Marx (otro Marx que no les gusta a los del CD porque tampoco lo conocen) que si le preocupaba mucho la vejez. Marx los deslumbró: No. Me preocupa más la juventud, porque ya no la tengo.  

Alguna vez alguien le preguntó a Mark Twain por qué se le hacía tan difícil dejar de fumar. Twain le mandó esta bocanada: Pero si dejar de fumar es de lo más fácil, yo mismo lo he dejado como cincuenta veces. Al ‘padre’ de Tom Sawyer, un crítico le hizo saber su opinión sobre su trabajo: Señor Twain, en sus historias usted exagera mucho. Inmediatamente Twain se la devolvió: nunca dejo que la verdad se interponga en una buena historia. Por algo Twain criticaba la apariencia sobre la honestidad. 

Como pueden observar, el humor, el sarcasmo, la agudeza mental y el repentismo son características de una actuación lingüística fuera de serie. Hoy los críticos, los contradictores, los opinadores (pagos y no pagos) y los cibernautas (bodegueros o no) acuden a lo más básico y primitivo de la humanidad: la básica agresión. Sin comentarios. 

Todos sabemos que las redes sociales son unas cloacas que sacan a relucir lo peor del ser humano:  mezquindad, violencia, resentimiento, envidia, ignorancia y por supuesto, la mamita de todas: la estupidez.     

Hasta para contradecir, controvertir y disentir hay que tener estilo, no recurrir al insulto fácil, al chisme y a la calumnia porque vamos como el cangrejo. Tal vez deberíamos regresar a esa época en la cual pensar diferente no nos hacía enemigos; disentir no era una declaración de guerra o un desacuerdo no era el fin. Creo que no caería mal un pequeño curso del sutil arte del vainazo –del fino— para terminar nuestras discusiones como lo decía Juan Guillermo Ríos al final de su noticiero: con paz, amor y ¡buen genio!

PREGUNTA CHIMBA: Aunque ya tiene respuesta, la hago: ¿Cuándo empezarán a lanzarle pintura a las vallas que algunos candidatos están instalando? Respuesta: Ya, ya empezaron. ¡Qué vergüenza!

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