EN DUITAMA, EL MEJOR DE TODOS

Por: Lizardo Figueroa
El ingenio humano, desde siempre, ha creado mil inventos que han suplido las necesidades de la especie.
Para cada apremio del desenvolvimiento personal y social siempre hubo una solución relacionada con la alimentación, el abrigo, el techo, la salud, etc. dando paso a la agricultura, la gastronomía, la ingeniería, la medicina y todas las maravillas que ha producido la tecnología en procura del bienestar del homo.
Desde lo más simple hasta las complejidades más asombrosas que hoy disfruta o padece la civilización son producto del talento e ingenio de hombres y mujeres: conquistar el espacio construyendo las naves espaciales, armar los trasatlánticos para cruzar los océanos, la generación de energía atómica, producir comida en el desierto, lograr las fórmulas químicas de los antibióticos y medicamentos, etc. han tenido su génesis y desarrollo en oficios complejos que resultaron verdaderamente admirables.
El confort que se disfruta en la actualidad se lo debemos a esa chispa creativa de tantos genios.
Pero también hay oficios para los cuales nunca se necesitaron sabios, no se recurrió a la tecnología de punta ni a la cibernética porque fueron menesteres sencillos, manuales y muy importantes que en la cotidianidad de la vida son ejercidos por habilidosos hombres que merecen destacarse; me refiero al lustrado de los zapatos.
Comparto un hecho anecdótico que me impactó hace poco.
Estando en el bonito y emblemático Parque de Los libertadores de Duitama, «la Ciudad Cívica», resolví acudir a un experto; ubiqué a uno de los lustrabotas que allí se encontraban llamado José Antonio, de fina educación el hombre, impecable su overol de trabajo y por supuesto, su calzado reluciente; esto ocurrió:
«Buenos días patrón, póngase cómodo».
Inicia el servicio:
Remanga la bota del pantalón; retira los cordones; líquidos y trapos para la primera y minuciosa limpieza; paso al cuidadoso cepillín del betún que no dejó un milímetro del zapato sin la pasta; otro líquido, otro trapo, asoma el primer brillo; cepillo de suave cerda; último y espectacular brillo, mejor que calzado nuevo; los cordones en su sitio, bien tejidos y amarrados; la bota del pantalón cuidadosamente vuelve a su sitio.
«Listo, caballero».
Fue una especie de ritual silencioso de 12 minutos, impecable, minucioso, muy profesional.
Colombia necesita siquiera algo más de 30 millones de José Antonios que hagan su trabajo con tanto sentido de responsabilidad, dedicación, perfección y honestidad.
Gracias, José Antonio, usted es un ejemplo de quien pudiera presumir de ser uno de los mejores colombianos.


