GUERRA A MUERTE

Por: Manuel Álvaro Ramírez R.
La izquierda en Colombia pasó de ser un grupúsculo risible a una colectividad organizada y temible por su capacidad de enfrentar las arremetidas de la derecha, con decisión e inteligencia. Porque ya pasó la época que soportamos durante muchos años; esa cuando resultaba un dirigente incómodo, un periodista crítico, un líder social visible o simplemente una persona que pudiera amenazar así fuera mínimamente al llamado establecimiento, se optaba por una fórmula expedita y muy efectiva: el asesinato. Muerto el perro acabada la sarna, se decía en los círculos de la derecha recalcitrante o como decía la señora que se hizo tristemente famosa por su video, “con un comunista no hay que pelear, tiro en la mula y p’al río”, práctica aplicada masiva y juiciosamente en el Magdalena Medio, Antioquia, Córdoba y en términos estrictos a lo largo y ancho del País.
La efervescencia revolucionaria llegó a Colombia a comienzos del Siglo XX, cuando dirigentes como María Cano, Gilberto Vieira, Ignacio Torres Giraldo y Raúl Eduardo Mahecha, y en la academia Gerardo Molina, organizaron sectores sociales que se levantaron para exigir sus derechos. Posteriormente, surgieron expresiones organizativas como el Partido Comunista de Colombia, el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario MOIR y una serie de grupúsculos que adquirieron algún renombre como cuando se le puso apellido a los originales, cada cual reclamando ser el guardián de la ortodoxia, por ejemplo el Partido Comunista Marxista Leninista, Partido Comunista Línea Proletaria, y otras organizaciones como el Partido Socialista de los Trabajadores PST, a la par con agrupaciones armadas como la Autodefensa Obrera ADO y el Pedro León Arboleda PLA.
Fue durante la década de los años setenta que proliferaron grupos cada uno pretendiendo abanderar la revolución proletaria. En ese contexto, participar en elecciones era un debate que se daba especialmente en las universidades, justamente porque era en ellas donde habían nacido muchos de los focos revolucionarios. Así, la izquierda lograba dos o tres curules que no perturbaban a nadie y muchas veces sus dirigentes elegidos en los cuerpos colegiados fueron criticados porque se aprovechaban de un discurso fogoso simplemente para pelechar cómodamente en la cámara o el senado.
Era una época de discusiones, muchas estériles gracias al dogmatismo heredado de las religiones en que se crió y creció la mayoría de jóvenes militantes, sobre la línea a seguir, si la de Moscú (PCC) o la de Pekín (MOIR), (todavía no nos habían enseñado a pronunciar correctamente, como hoy, Beijing) y las manifestaciones, por ejemplo las del Primero de Mayo, terminaban en batallas campales entre los mismos militantes de izquierda, con los banderines como únicas armas contundentes, vigilados por las sonrisas socarronas de la policía anti motines, que ya cuando las cosas amenazaban la tranquilidad pública, intervenían con gases y a bolillazo limpio dirimían las disputas ideológicas.
Pero eso cambió. A raíz del robo de las elecciones de 1970 a la Alianza Nacional Popular Anapo, un sector político salido de las entrañas de ese partido, junto con militares, incluidos algunos de alta graduación y ex combatientes de grupos guerrilleros formaron el Movimiento 19 de Abril M19, con un discurso incluyente condensado en cuatro palabras: El gran sancocho nacional, que significaba que todo aquel que quisiera luchar contra la injusticia tendría cabida en ese movimiento, que logró penetrar en lo más hondo del pueblo y se convirtió en lo que es hoy: una fuerza incontenible que ha enseñado a identificar al verdadero enemigo a la vez que ha aprendido del pueblo, que la política tiene que ir mucho más allá de los discursos. Nació el Pacto Histórico, una organización a la que le han declarado la guerra a muerte, mediante todas las formas de lucha, incluyendo el asesinato de líderes y activistas y usando absolutamente todas las instancias del Estado para llevar a cabo su criminal propósito.
A este respecto, la última decisión del Consejo Nacional Electoral de excluir a Iván Cepeda de la consulta interpartidista Frente por la Vida, es un intento desesperado por dividir a la izquierda para tratar de impedir que éste gane en primera vuelta como parecen indicarlo las encuestas, las que se conocen pero sobre todo las que no. Me explico: Al interior de los partidos se hacen sondeos y encuestas que no se dan a conocer, bien porque no cumplen con los estándares normativos para ser publicados o simplemente porque son un termómetro para orientar las campañas en un sentido determinado según lo indiquen las tendencias.
Atrás quedó ese grupúsculo que los partidos miraban por encima del hombro algunos con ciertas muestras de conmiseración. Pero a pesar de que la clase dominante no se ha parado en pelos para cometer los crímenes que sean necesarios para mantener intactos sus privilegios, incluyendo el exterminio de un partido completo de oposición, delito por el que el Estado ya fue declarado responsable en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, no le alcanzó la barbarie para acabar con toda la izquierda y surgió el Pacto Histórico de entre todo ese pueblo tradicionalmente excluido, hasta convertirse en una fuerza apabullante que removió los cimientos del poder y mostró que cuando el pueblo se decide, es posible que tome en sus manos las riendas de su propio destino. De manera que esta es una batalla más de esta guerra que tendrá que ser respondida con contundencia en las urnas. La lucha sigue y sabemos que es a muerte: Ya conocemos al enemigo!.


