Por Rafael Mejía
Nuestro singular país tiene unas cosas muy particulares, que seguramente también se ven en
otras latitudes, pero que aquí por éstas adquieren fuerza de Ley. Así como lo ven, con todas las
de la ley.

Somos fieles adoratrices de la apariencia: el ladrón no es el que roba sino el que se deja pillar.
Así como la cáscara guarda el palo, los ‘buenos modales’ en algunos casos son los ídem con los
que se cubren algunos desatinos en el proceder. Por allá por la época del ruido, cuenta don
Tomás Carrasquilla, un muchachón con pinta de seminarista descrestó a la pacata sociedad
paisa del siglo antepasado. El joven, como lo describe don Tomás, no quebraba un plato y su
apariencia de santurrón lo hizo acreedor al remoquete de San Antoñito. Hasta “olía a pura
santidad” –contaba Carrasquilla. El pilluelo, con su carita de yo-no-fui, estafó a toda la beatería
del pueblo para irse a Medellín a ‘estudiar’ en todos billares y burdeles conocidos y por
conocer. La cuestión termina en que el mencionado jovenzuelo salió más avión que el faro
moral de cierto partido compuesto íntegramente por gente de bien… Y el parecido no es
ninguna coincidencia.
También, muy recordada en televisión la rivalidad entre dos marcas de caldo de gallina que
competían no por cuál tenía el mejor caldo sino el mejor empaque. Como diría la genial
Andrea Echeverri: ♪Cuida la esencia, no las apariencias♪
(A propósito de apariencias, ¿Cómo les pareció la compungida y cuasi lacrimógena reacción de
nuestra aristocracia de vereda al enterarse de la muerte de Chava II? Hasta de luto se pusieron
los afligidos presentadores de RCN y Caracol ante tamaña tragedia. ¡Dios los salve también a
ellos!)
En nuestro desmesurado deseo de exudar más de lo que somos, veíamos cómo Duquecito
desplegaba la alfombra roja para cualquier pendejada. Desde el día de la posesión del
susodicho se vio como el arribismo ponía a una agente de la policía a sostener la sombrilla a su
alteza (si alguien me recuerda el nombre…); o nuestra exvicepresidenta poniendo a una mujer
militar a cargarle la cartera. ¡Lo que tenemos que ver en nuestra realeza de pacotilla! En
arribismo –clásico de ‘levantados’– sacamos el primer puesto, sin lugar a dudas.
Nuestra raquítica democracia (cosas de los medios) tiene fama de ser la más sólida, la más
antigua y, quisieran ellos, la ‘más mejor’. Pero la verdad, tengo mis dudas y al mismo tiempo la
esperanza de que con el nuevo rumbo la inclusión, la equidad y la garantía de una vida sabrosa
no sea sólo la misma quimera de cada cuatro años. Le preguntaban al presidente Petro,
durante la campaña, que si no le parecía paradójico que él le echara vainas a una democracia
que finalmente lo tenía ad-portas del poder, a lo cual respondió: –¿y quién dijo que la
democracia es sólo que haya elecciones?
Como sea, ya es tiempo de dejar de darnos mutuo garrote y salir corriendo a confesarnos; de
rajar de nuestros semejantes y afirmar que “es por su bien”; de sostener que hay malos y
buenos vivos o muertos y de una vez por todas empezar a construir un país donde quepamos
todos.
Hasta el 7 de agosto pasado muchos gobiernos no lo fueron y tampoco lo parecieron. Un buen
gobierno no sólo debe ser bueno sino parecerlo… Así, como la mujer del César.

*A todas éstas: Lo anterior aplica también, obviamente, para el nombramiento de algunos
ministros del actual gobierno: También hay que parecerlo.

Comparte