Opinion

CUANDO LOS ACORDEONES LLORAN

Por Lizardo Figueroa

Nuestra identidad cultural nace, se cultiva y permanece desde el ingenio de tantos artistas de la Colombia popular urbana y rural, que encarnan genuinamente lo que somos y sentimos.

Los compositores suelen inspirarse en vivencias cotidianas propias, ajenas o acuden a la fantasía del romanticismo o la anécdota.

Juan Manuel Polo Valencia Cervantes, el juglar de Cerro de San Antonio, Magdalena, le compuso varias canciones a su novia y esposa Alicia Cantillo, natural del Corregimiento Flores de María, quien falleció muy joven en trabajo de parto de quien hubiera sido su segundo hijo.

Esa partida relativamente temprana de su esposa le inspiró dos elegías que se convirtieron en canciones clásicas del género musical vallenato, en la voz de otro inmenso juglar de El Paso, Cesar, Alejandro Durán, conocido como «El negro grande del Vallenato».

«Juancho Polo» como fue conocido, declarado enamorado de su Alicia adorada, le compuso dos canciones que se volvieron íconos de nuestra música vallenata: «Alicia adorada»; un lamento infinito por su partida; «se murió mi compañera, qué tristeza; se murió mi compañera qué dolor»; con sus rones en la cabeza, Juancho solía delirar «yo reparo a las mujeres ¡ay hombe! y no veo a Alicia la mía».

Resignado a su pena y a manera de consuelo, le compone otra magistral canción: «Recuerdos de Alicia» en donde decía: «Alicia no murió solita, el pueblo lloró», «con mi nota apesarada una mañana de invierno, el sol no salió; estaba de luto el pueblo donde ella vivió».

Hubo un único hijo de la pareja: Sebastián Polo; hoy sobre los 50 años.

El juglar costeño que «no tiene dientes ni tiene muelas / no tuvo grado de escuela, pero al cantar es la ciencia» descrito así por otro grande de la música tropical venezolana, Pastor López, aun así, tuvo un ángel inspirador de filigrana musical y un intérprete genial de su obra; nadie menos que el primer Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, el «Negro grande», el de «mi viejo acordeón»: Alejandro Durán, otro enamorado de la agraciada «Fidelina, Fidelina; ella me mandó a decir, y me dice que le escriba, ayayayay, porque no sabe de mí, ayayayay».

Resulta adivinar en el espacio y el tiempo de la ardiente costa norte, cuando estos cantores inmortales fueron visitados por las musas, en los ocasos de cualquier tarde, debajo de un palo de mango, armados con sus acordeones, descansando después de una dura faena del campo ganadero -porque ambos fueron campesinos recios, con fina alma cancionera-.

Hoy, Francisco «Pacho» Ortiz, se considera la reencarnación de Alejo Durán; es impresionante su parecida voz y la tonalidad «del viejo acordeón» alejandrino.

Nuestros compositores latinos son expertos en cantarle al «despecho», a la «tusa» según nuestros artistas paisanos o «aguacate» como les dicen a los descorazonados en Ecuador.

Los invito a disfrutar a nuestros maestros vallenatos inmortales; particularmente en «Alicia Adorada» cantando Jorge Oñate y a «Recuerdos de Alicia» con Alejo Durán, creo, las mejores versiones.

Apenas imaginables quizá, las parrandas vallenatas de Juancho y Alejo en el reino celestial, a poco más de un siglo de su natalicio.

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