Opinion

"NO HAY POR DONDE" DECÍA EL CHAVO

Por Lizardo Figueroa

Tal vez haya excepciones; pero desde que fuimos colonizados, peor con la independencia y para colmo con la república, Colombia ha padecido la cultura del delito; la del avispado, del vividor, del que está en la jugada, del que no desaprovecha la oportunidad, del que se las sabe todas, del pícaro, de quien aprovecha el papayazo, del que sabe dónde ponen las garzas, del sagaz, del vivo que vive del bobo, del torcido, del aprovechado, del atenido, del que sabe cómo hacer la vuelta, en fin, del burócrata delincuente que generalmente llega al servicio público de la mano del politiquero de turno que siempre sabrá cómo echarle uña a los presupuestos, del mago de las contrataciones, del que se las sabe todas a la hora de robarle al Estado de mil maneras.

La carrera de la corrupción en Locombia, entendida como el saqueo de los recursos públicos en beneficio propio, de su clan familiar, de sus amiguetes y alcahuetas, es parte de la cotidianidad oficial a todo nivel y desde cuanta oficina pública despachen ordenadores del gasto.

La peste del esquilme de la hacienda estatal campea a sus anchas, aprovechando el colapso permanente del aparato judicial en un país de leyes hasta para ir al baño.

Se roban los presupuestos de todo: de la mitigación de las calamidades naturales, del Plan Alimentario Escolar, del tratamiento de la hemofilia, de la salud y los hospitales, de saneamiento ambiental, de los subsidios, de las escuelas rurales, de las carreteras y caminos y lo que faltaba, el último escándalo: al parecer están malbaratando el dinero de los maestros pensionados; miles de millones de pesos que son el sustento y la atención médica de quienes entregaron su vida a educar generaciones enteras; al parecer se fueron al bolso de leguleyos oportunistas y a destinatarios sin escrúpulo.

En esta danza del dinero mal habido, de la trampa y el delito; no se salvan ni las élites de los poderes del Estado; inclusive, según algunos medios virtuales cuya lupa esculca hasta lo más escondido, hay políticos candidatos de dudosa ortografía, quienes sin rubor alguno porfían en reelegirse en un país cuyas gentes viven desentendidas de la ética, la verdad y el honor a la hora de votar.

Los sondeos de intención de voto por estos días, particularmente entre los jóvenes, asoman una luz de esperanza en el lento avance de la cultura política que nuestra sociedad necesita; de manera que las próximas elecciones serán el termómetro que mida la temperatura de la dignidad y la decencia de un país que se acostumbró a saber del delito fiscal de su clase politiquera y burocrática sin chistar.

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