Opinion

¿TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR?

Por: Rafael Antonio Mejía Afanador

No se necesita ser un paremiólogo (¿paremiólogo? ¿los descresté?) para saber de dónde viene un refrán o dicho popular. Primero vamos a deshacernos del terminacho: el paremiólogo, según la encopetada RAE es aquella persona que recoge las paremias. ¿Quedamos igual? Bueno, la paremia es un enunciado breve, redactado en forma de sentencia ingeniosa que transmite conocimiento social, cultural o moral e incluye refranes, proverbios, adagios, aforismos y dichos populares. 

Bueno, ahora sí. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que dure cocinándose un refrán o dicho popular? Lo bonito de esta disciplina lingüística es que uno se da cuenta de que la sabiduría popular no falla. Si alguien dice: “barriga llena, corazón contento”, no es necesario un larguísimo y sesudo ensayo socio-económico -seudo religioso, con titulación medieval incluida, para darse cuenta de que, si un político se pone digno, inmediatamente “le dan para la gaseosa” (o ‘lo tocan’, diría Abelardo) y eso basta para acabar de un sólo tajo con su precaria dignidad. 

Si uno lee en el Quijote: ¿Dónde hallastes vos ser bueno el mentar la soga en casa del ahorcado? Nadie necesita ser una inteligencia superior para imaginarse a algunos periodistas asediando a un candidato con preguntas como para responder en un posdoctorado, pero a otro sólo le preguntan pendejada tras pendejada sin incomodarlo, sin pisarle un solo callito y sin sacarlo de su zona de confort.  

Pero lo mío va a una vaina más seria: dice el dicho que “todo tiempo pasado fue mejor.” Claro, para mí, mi tiempo pasado fue el mejor. Para mi abuelo fue el de él y para mis hijos será el de ellos. Suena a Perogrullo, pero es así, qué le vamos a hacer. 

Viendo a Buenos Aires pasar y pasar, como diría el gran Piero, se ven cosas que contrastamos con el pasado y pensamos, “carajo, de verdad todo tiempo pasado fue mejor”. 

Algo trivial pero cierto: suba usted al auto viejito del señor mandamás de la vereda, que puede ser un vetusto Ford 1961 o un Chevrolet 1956 y enseguida trépese a una moderna camioneta 4×4 con control de tracción, suspensión independiente y demás juguetes… y adivinen en cuál de los dos anda uno más suavecito. Exacto, en el del mandamás. En esos carros podía ir uno tomando tinto por entre los huecos de Sogamoso sin regar una sola gota. Vaya y haga lo mismo en la camioneta nueva. Don Pachito Villamizar, en Paz de Río, cuando se caía un puente en Concentra, no tenía ningún reparo en meter el Ford 61 por entre el río… y no se sentía la pasada. Será necesario preguntar, ¿Cuál suspensión es mejor? ¿Se atrevería en su Mercedes clase C?

Pasemos a algo más alegre y musical: los equipos de sonido caseros. Lo vintage, además de su merecido atractivo tiene unas posibilidades que no tienen los equipos de hoy, que traen gadgets por todos lados y potencia como para levantar el techo de la casa, pero carecen de dos cositas esenciales: una, el ecualizador. Ahora viene preestablecido y el que fabricó el equipo es el que dice a cuánto debe estar el bajo o el agudo. Antes lo hacía uno mismito y daba una satisfacción casi… cuando el disco sonaba como uno quería. Otra cosa que no tienen los de hoy, es ese ruidito encantador que producía la aguja al contacto con el acetato, que en inglés se llama crackle, hiss o surface noise, y en Colombia fritanga. Ese ruidito evoca recuerdos de épocas pasadas, cuando escuchar música era un ritual físico con discos grandes y portadas súper elaboradas. El sonido analógico del vinilo, con sus imperfecciones, se percibe como más cálido y humano que la perfección digital.          

En esos equipos, para escuchar música había todo un ritual y conexión: Poner un vinilo implicaba manipularlo, limpiarlo, ponerlo en el tocadiscos… ese proceso crea una relación más íntima con la música. En un mundo de streaming perfecto y sin interrupciones, el crackle aporta textura y autenticidad, casi como si la música respirara. 

Recuerdo que me gozaba la lectura de Selecciones de Readers Digest de pe a pa y se me iban las babas mirando la sobria y cálida publicidad de los equipos de sonido. Consultando con mi amigote Juan Carlos Chaparro (el mejor publicista de Boyacá y de más allá) y quien es melómano de tiempo completo y horas extras, me recordó algunas de las marcas que solía ver en Selecciones: Technics, Sansui, Kenwood, Marantz, McIntosh o Harman Kardon. Ése sí era sonido de calidad y calidez para la casa. 

Algo aún más trivial: Las ollas a presión. Le heredé a mi madre una de marca Universal, que, sin exagerar, es más vieja que yo. Mi frijolada de los domingos cocinada en una olla de las nuevas, se hace en media hora, obviamente, previo remojo desde la noche anterior. En mi viejita olla heredada son siete minutos. ¡Siete! Me paso uno, y nos toca comer mazamorra de fríjol. El que no me crea, puede invitarme a su casa, yo llevo la olla, me dan los ingredientes, refajo incluido y hacemos la demostración.

Un poco más modernos: los celulares. Ahora venden celulares con televisión, cientos de aplicaciones desde correo hasta la predicción del fin de nuestros días, pasando por juegos, alarmas, inteligencia artificial y estupidez natural. Hasta sirven para llamar. Esto me hace recordar el teléfono más vendido de la historia: el Nokia 1100, popularmente conocido como “flecha”, ya ustedes saben por qué. Lo bueno de las flechitas era que su batería podía durar hasta una semana, era casi indestructible y no producía niños con déficit de atención, que es como le dicen ahora a los desvirolados.  

Como pueden ver, a pesar de los inventos, artilugios y comodidades, lo que hoy es corriente mañana será nostalgia. Aprovechemos porque de todas formas los niños de hoy también pensarán mañana que todo tiempo pasado fue mejor. 

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