Boyacá Sie7e Días, recorre las estancias del paisaje colombiano

Doña Betzabeth Vargas Arias, la popular “Chata” del pueblo más lindo de Boyacá. Fotografía – José Ricardo Bautista Pamplona Boyacá Siete Días.

Andar por los caminos del bello paisaje Boyacense resulta reconfortante y más cuando nos conducen a estancias alentadas por emblemáticos detalles donde se rebela la riqueza inmensa del ancestro. 

Boyacá Sie7e Días se dirigió al municipio de Jenesano, declarado en la administración del gobernador Rozo Millán como el más hermoso del departamento en el marco de la estrategia “Los pueblos más lindos de Boyacá” que adelantó la otrora secretaria de cultura y turismo. 

Allí, y a escasos 35 minutos de la capital boyacense, se encuentra un bello paraje donde la mano de Dios expresó su bondad y las montañas abrazan el horizonte como si se tratara de la manta que cubre el corpiño de las abuelas.

Antes de arribar a la cúpula de la iglesia del pueblo, la carretera nos obliga a hacer una pausa tras un letrero que llama poderosamente la atención. “Sabina café, sabores y saberes”. 

Y es que se trata ni más ni menos que de una de esas viejas casonas adosadas en las añoranzas, adornada por fachadas auténticas en donde solo han intervenido la mano del tiempo y el cuidado amoroso de sus moradores. 

Sus amplios corredores nos transportan de inmediato a las épocas del ayer y más cuando en sus espesos muros hay piezas preciosas; tal vez sin baños de oro, pero si con la conservación de un pasado ancestral donde se exhiben los auténticos recuerdos. 

En el conservado rancho, se encuentran bellos balcones, pasillos envarandados y las réplicas de esas tienditas de pueblo con mostradores de la usanza, los relicarios del campesino y aquellos dinteles tallados por los artesanos que dibujaron con el cincel atesorados momentos de otras épocas, tal vez mas auténticas y esperanzadoras que la modernidad cibernética. 

Hasta los zapatos viejos del obrero hacen parte del fino decorado del emblemático refugio. Fotografía – José Ricardo Bautista Pamplona ​Boyacá Siete Días.

Nos recibe doña Betzabeth Vargas Arias, la popular “Chata” que, aunque fue a la universidad nacional de Colombia, no se dejó absorber por las sombras postizas del concreto, sino que prefirió volver al sendero de sus ascendientes para plasmar en varios proyectos el amor por lo rural y la cultura raizal, aquella que utiliza no solo en su atuendo, sino en su apasionante y sincero vocabulario.

“Me siento orgullosa de mi tierra y de mi campo” dice con altiva mirada la “Chata” y a renglón seguido describe su traje de sombrero, delantal y alpargatas; atuendo con el que da la bienvenida a los transeúntes que llegan a su refugio para degustar de una exquisita comida preparada en el fogón de leña y en antiguos tiestecitos donde se añejan los sabores del pasado que rebota los recuerdos, porque el paladar también tiene memoria. 

Allí todo es autentico y real y los manjares alborotan las nostalgias, quizá porque fueron preparados entre añejadas remembranzas, como los amasijos hechos con paciencia en el fogón de adobe y tapia pisada que como un florero se encuentra en medio de la mesa donde acomoda a los visitantes. 

El susurro del rio ameniza la jornada, porque a la emblemática casona la atraviesan las aguas que corren como la agüita alegre para llenar de manantiales cada rincón del ensoñador refugio. 

La “Chata” y su familia no han escatimado esfuerzo alguno para evidenciar en la decoración del íntimo espacio, la riqueza de nuestras tradiciones y el legado inmenso de los abuelos, porque los canastos, mazorcas secas, mostradores y hasta los desgastados zapatos del obrero están delicadamente expuestos en repisas construidas por el lutier en su propio taller de ebanistería; que también hace parte del menú exótico del viejo jacal. 

Cuánta riqueza hay en estos sagrados lugares, atropellados a veces por la modernidad, aquella que llega como una avalancha para castrar el corazón puro de las identidades donde se guardan las narraciones de las épocas que en el pasado dieron luz a la existencia de nuestros mayores.

Luego de haber recorrido con asombroso gusto cada espacio de este relicario encantador, nos dispusimos a degustar de los platos adobados con esas hierbas auténticas que ahora empacan en los supermercados de cadena a altos costos, pero que allí se dan en medio de buganvillas, rosas y azucenas.

La “Chata” expresa en su relato que se debe tener cuidado a la hora de sazonar los alimentos y para ello se tiene que hacer con elementos sanos prodigados por la tierra. No le gusta la palabra gastronomía y afirma que no se le deben poner apodos a la comida y menos a la que se prepara en los utensilios del ayer donde se funden los aromas del pasado y se cocina a fuego lento la rapidez de la entraña. 

Luego de nuestro paso por este enigmático rincón nos volvimos a Tunja, pero en esta ocasión con el alma llena de sentimientos acuñados por un entorno encanastado que solo propician los bodegones fascinantes del ancestro montañero. 

Fuente: boyaca7dias.com.co

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