LA MODERNIDAD, UN ESPANTO PARA LA POLÍTICA TRADICIONAL

A los 93 años del nacimiento de Gutiérrez Girardot

La obra de Rafael Gutiérrez Girardot, (Sogamoso 1928 – Bonn 2005) es de enorme trascendencia para las letras hispanoamericanas. Sus escritos orientados hacia muy varias disciplinas literarias nos muestran un intelectual de una erudición a toda prueba que le permitió, con mucha autoridad, ofrecer sus opiniones y orientaciones a los lectores de los dos lados del Atlántico.

La agudeza y puntualidad en sus críticas, así como las objeciones a la tradicional forma de enseñanza pública suscitan, ante la carencia de una formación científica, polémicas en variados sentidos dentro de los ámbitos académicos universitarios y en la generalidad de autores y estudiosos de las letras iberoamericanas.

Son muy relevantes sus críticas a la española Generación del 98 y a sus seguidores latinoamericanos y en especial colombianos.

A estos les vale menos el contenido de la influencia sino el prestigio de los influyentes.[1]

Porque esta intelectualidad, de mayoría criolla —que no mestiza y además en el poder— siempre ha mostrado desdén, que cubre su pereza, por adentrarse en el estudio de pensadores y filósofos situados por fuera de la aquiescencia monástica española. La forma como respondieron esas mentes de avant garde colombianas habladoras en francés e inglés fue con unas adaptaciones o imitaciones para mostrarse entre ellas de similar altura a las modas europeas.

Los descendientes de los nuevos ricos o encomenderos, disponían de una cultura subprimitiva que les impedía percibir el hecho de que el estilo empire francés tenía su prehistoria[2],

escribe Gutiérrez para señalar que estos lo que deseaban era esconder de forma ladina su vacío genealógico y lo simularon con trucos de bandido y su correlato, la patanería. Los rastacueros eran aquellos latinoamericanos paseantes por los salones parisinos ostentando posesiones –sobre todo de tierra y ganados— sin que nadie pudiera verificar su veracidad. Ahora el rastacuerismo lo prefiere utilizar para mostrar las actitudes de algunos intelectuales que posan y añoran sus inexistentes pergaminos europeos y acudir a ínfulas para sí o para otros que considera de su igual.

Cuando Gutiérrez escribe sobre Álvaro Mutis utiliza las mismas frases del poeta para mostrarnos su rastacuerismo.

Mutis se consideraba así mismo como monárquico y exiliado; para Gutiérrez este vasallo sin rey y exiliado sin perseguidor, [3]  es similar de exótico a aquellos indigenistas que desean retomar, porque sí, la cultura de los tiempos de antes del Descubrimiento, más por acudir al facilismo de lo esotérico e irracional que al pedregoso y dificultoso estudio del conocimiento científico.      

El escritor sogamoseño destaca que a través de la historia, la generalidad de la clase política colombiana y sus exponentes literarios – las dos calidades a veces confundidas en la misma persona – insisten en ser poseedores de una herencia intelectual y sanguínea noble europea. Esta dirigencia legataria de una aparente erudición permanece quedada en el oscurantismo de lo confesional religioso, de espaldas a la modernidad. Esta bicentenaria ralea política que se considera étnicamente privilegiada –como tanta familia criolla del Valle y del Cauca— racionalmente es incapaz[4] siquiera de contribuir en la búsqueda del bienestar del pueblo colombiano.

De ahí que continúan e insistan en permanecer en un estado intelectual medieval, con prevalencia del dominio de la propiedad latifundista y que llega a justificar la mediocre educación, con palabras como las de la vicepresidenta Ramírez que niega la importancia del estudio de las ciencias humanas para las mujeres. Esas élites colombianas desprecian la cultura, de la que simulan ser poseedoras.

Tanto así que hasta la bobería sale a flote con la propuesta presidencial de Duque de su programa de economía naranja del Ministerio de Cultura que ilustró de manera pueril, en uno de sus programas de televisión, con dos vasos: uno con agua y otro con un líquido amarillo. Meses antes, en un acto público vergonzoso ante la Unesco, organismo rector de la cultura mundial, justificó su propuesta cultural con el número siete. Para ejemplificar citó a los siete enanitos, las siete notas, siete artes… Le faltaron los siete pecados capitales cometidos por su gobierno a conciencia y en forma directa –soberbia, gula, lujuria, avaricia, ira, pereza y envidia— y de los que su gobierno debería arrepentirse con vehemencia. 

La oligarquía colombiana ha generado desde la educación y el quehacer ciudadano un pensamiento visceralmente dogmático y una sociedad pacata y ensimismada que forma profesionales carentes de ethos académicos. Se ha interpuesto entre la sociedad colombiana y la modernidad para mantenerla alejada y llegan hasta mentir públicamente a sabiendas de que su mendacidad es reconocida. Son ejemplo las frases con que el exalcalde Peñalosa justificaba su negocio de Transmilenio, al calificarlo como la mejor y única solución vial para la capital. O el proverbial atraso de Colombia con la tenencia de la tierra, todavía los terratenientes son ‘autoridad’ y ejercen poder, mientras se importan alimentos y la tierra se utiliza en ganadería extensiva.

Gutiérrez Girardot reflexionaba que es ese visceral egoísmo practicado por la tradicional dirigencia, el que lo mantiene en el atraso.

Considero que ello se debe al crecimiento y fortalecimiento de un egoísmo cada vez más brutal y desconsiderado con el país, el cual ha sido cultivado desde hace muchos años.[5]

Ese egoísmo también se ve plasmado en lo ecológico como la destrucción de la selva amazónica, cuando miles de hectáreas son quemadas sin que despierte la mínima sospecha del ejecutivo o las autoridades ambientales. Tierras que serán dedicadas a la ganadería extensiva a sabiendas de que constituyen un enorme y nocivo aporte al mortífero cambio climático.  

Su preeminente crítica intelectual le ocasionó a Gutiérrez numerosas andanadas en su contra desde la prensa y en la universidad, como las que ahora acostumbran algunos denominados influenciadores. Para ridiculizar al filósofo Gutiérrez Girardot sus supuestos contradictores proferían calificativos vacuos y faltos de argumentación; con tratamientos sin contenido para eludir el debate. Tales como como profesor alemán nacido en Boyacá, boyacense europeizado o filósofo desquiciado, etc. son expresiones envidiosas y frívolas que en nada afectan la estatura intelectual del pensador sogamoseño.   

Contrario a esos epítetos cargados de futilidad, Gutiérrez Girardot siempre mantuvo una línea argumentativa clara. Son contundentes sus posiciones frente al papel que juega la educación privada en la sociedad colombiana, la libertad sin límites para la creación de universidades y colegios privados, en contraposición a una educación crítica y de conocimiento científico para los educandos.

Con precisión y sin aderezos que den lugar a dudas, Gutiérrez se expresó sobre la educación privada colombiana como un elemento esencial de la destrucción de la sociedad.

Y en efecto, ha comenzado a destruirla desde el momento mismo en que el individuo comienza a socializarse. Cuando en otros países la escuela primaria y secundaria es elemento de integración social, nuestras escuelas son de clase, y en ellas se pone muy fuertemente el acento sobre el carácter aristocrático de los alumnos.[6].

Gutiérrez Girardot llama a secularizar el pensamiento para que la educación, la cultura y la política permitan que el pensamiento se adentre por los caminos de la ciencia y de la libertad de expresión. Son estas algunas de las innumerables razones por las cuales pensadores como Gutiérrez Girardot o Carlos Arturo Torres, entre los también numerosos intelectuales colombianos, sean tan poco o nada estudiados en las cátedras ni mucho menos siquiera discutidos en los planteamientos de los sempiternos políticos colombianos.  

¿Hasta cuándo abusarás Catilina de nuestra paciencia?,

con esta frase proferida por Cicerón en el senado romano, Rafael Gutiérrez adhirió a la candidatura presidencial de Carlos Gaviria Díaz, cuando este recién lanzó su pretensión presidencial en 2005. Su propósito era el de traer al debate tanta infamia y engaño practicados por el entonces presidente y también candidato Uribe Vélez.

Aunque era poco común en Gutiérrez la toma de posiciones partidarias, siempre mantuvo una posición de izquierda como lo hizo al final de su existencia, cuando señalaba al gobierno de Uribe Vélez como autoritario y retardatario. Hoy seguramente estaría, al unísono con Gustavo Petro, enarbolando las banderas de la modernización del Estado, clamando por la implementación del Acuerdo de paz y sobre todo, al igual que en 2005 exhortando a la juventud para encontrar su propio futuro y proponiendo el fortalecimiento de la educación y en especial de la universidad pública.


[1] Problemas de la filosofía en Colombia Rafael Gutiérrez Girardot. Aquelarre, Universidad del Tolima No. 15. 2008.

[2] Ensayos de literatura colombiana II, Rafael Gutiérrez Girardot, Universidad Autónoma Latinoamericana, Unaula, 2013.

[3] Álvaro Mutis o la retórica del conservadurismo. Ensayos de literatura colombiana II, pág. 261. Universidad de Antioquia 2013.

[4] Carlos Arturo Torres, principales escritos. Selección de Antonio García Lozada. Ediciones Casa de la Cultura de Sogamoso, 1998, página 170.

[5] Ensayos de literatura colombiana II, Rafael Gutiérrez Girardot, Universidad Autónoma Latinoamericana, Unaula, 2013.

[6] La utopía de América. Pedro Henríquez Ureña. Prólogo de RGG. Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1978.


Por Jorge Armando Rodríguez Avella


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