OpinionPor: Manuel Álvaro Ramírez R.

Paz total, guerras parciales y marchas campesinas

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Paz total, guerras parciales y marchas campesinas

Muchos nos preguntamos qué es lo que realmente significa el concepto de la ‘Paz Total’ de la que hablan tirios y troyanos. Difícil, por decir lo menos, definir el alcance del vocablo, porque los grupos que intervienen van desde destacamentos guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional, pasando por La Nueva Marquetalia y reductos de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo, FARC – EP, hasta grupos muy bien organizados sin pretensiones políticas pero con mucha fuerza desestabilizadora como el Clan del golfo o, como ellos se hacen llamar, Autodefensas Gaitanistas de Colombia, aunque lo de gaitanistas suena más a un colgandejo abusivo con el que se pretende darle legitimidad a sus actividades orientadas al narcotráfico y la minería depredadora. Me abstengo de llamarla ilegal, porque la legal generalmente es una apropiación abusiva de recursos por parte de poderosos grupos muy reducidos en número de propietarios, pero con mucho poder intimidatorio y coactivo.

El Gobierno nacional ha hecho una apuesta, arriesgada, para tratar que los colombianos dejemos de matarnos entre nosotros y para este efecto, ha planteado la posibilidad de ofrecer algunas garantías y beneficios para que quienes actualmente participan en algunos de estos grupos, se acojan a cambio de un trato más generoso del que recibirían si los juzga la justicia ordinaria. En medio de todo esto, se presentan marchas y manifestaciones que enrarecen el ambiente, porque tal como las presentan, dan la impresión que pasamos del paraíso de Duque, donde todo era armonía y la autoridad se respetaba, al infierno de Petro donde el gobierno perdió el control, impide el accionar de las Fuerzas Armadas y dio patente de corso para que la delincuencia actúe a sus anchas.

La verdad es que somos una sociedad enferma que no busca justicia sino venganza, de manera que un gesto conciliatorio es visto como la debilidad de un presidente que claudica ante el imperio del crimen. Una sociedad que desconoce la idiosincrasia de colonos, campesinos, afros e indígenas, quienes ven al poder central demasiado distante, que sólo utiliza el diálogo como mecanismo distractor para hacerle conejo a las comunidades y dejarlas a merced de los poderes de facto, que son el verdadero Estado en algunas zonas. Es por eso que ante una manifestación, lo que se espera es una reacción de fuerza, para que esos indios entiendan quien manda. De esta forma, si se responde con el diálogo hay indignación porque desde nuestros televisores queremos finales por el estilo de Bonanza o Kung Fu, en las cuales siempre gana ‘el bueno’. Los menores de 40, me perdonan porque soy ignorante de Dragón Ball Z o Naruto que conocí por mis hijos y con mis nietos no me he podido actualizar.

Pero el pueblo está compuesto de personas burdas, iletradas, mal vestidas, sudorosas, porque la vida en el campo dista mucho de las idílicas condiciones que conocimos por medio de Heidy o de Blanca Nieves, aquí los niños no hablan con

los venados ni con los conejos como Alicia en el País de las Maravillas, aquí la gente es violenta porque la sociedad la ha invisibilizado y cuando ha exigido sus derechos, la respuesta ha sido la burla y la violencia. Ese pueblo algún día tenía que sacar esa rabia contenida durante años, acaso siglos, porque las historias intergeneracionales van alimentando ese rencor que a la postre se vuelve endémico. Por eso, ahora que el Gobierno del Cambio los escucha sale a relucir todo ese lastre acumulado desde tiempos inmemoriales, sólo que, con el interlocutor equivocado, porque justamente es este gobierno el que los escucha, pero eso tiene sin cuidado a las comunidades tradicionalmente pordebajeadas, ninguneadas, excluidas.

En síntesis, se trata de entender que cada grupo armado tiene unos intereses particulares que hay que identificar para poder ofrecerles alternativas; que hay una Colombia sistemáticamente discriminada que ha decidido hablarnos de frente reclamando sus derechos y que no podemos seguir en la lógica según la cual, una porción de la sociedad debe ser sometida por la fuerza si no entiende que los de arriba, una élite indolente, está destinada a mandar y los de abajo a obedecer.

*Magíster en Economía

Universidad de los Andes [email protected]

por: Boyacá Visible

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