Opinion

¿Y SUMERCE QUÉ PIENSA?   

Por: Joaquín Cristancho Cuesta

Mientras transcurren estas horas de necesidad, la promesa y la esperanza del cambio de esta Colombia –para la que algunas pocas familias se han arrogado la condición de dueños y a la cual consideran que se le puede quitar o poner a su antojo, incluso corromperla y desfalcar su erario, para acumular, ostentar y gastar a su antojo y desvarío– me he reencontrado con Rafael Mejía, compañero de bachillerato, a quien leo desde hace varios meses en BoyacáVisible y me dejó la tarea de escribir y aquí estoy.

La referencia inicial a las horas del cambio no es casual. La introduje porque mi intención es tratar de compartir algunos elementos de la mirada, la sensación y el pensamiento de personas comunes de este país, con la idea de movilizar cuestionamientos críticos y autocríticos, preguntas, propuestas y análisis, desde quienes no estamos inmersos en el mundo de los intelectuales, académicos y políticos, pero no menos importante y serio por ello.

Para empezar, creo conveniente introducir unos aspectos de análisis histórico, que considero necesario para construir una cronología crítica de los sucesos y las posiciones que, a mi juicio, son la causa de una situación de profundas contradicciones, en las que la violencia, la injusticia y la inequidad cabalgan, gracias a los juegos de poder, la desinformación y la ignorancia, probablemente predeterminadas, para llegar a este «hoy» que es totalmente irregular.

Creo que, desde la información a medias, que poseemos la gran mayoría de los colombianos, particularmente rurales, se sabe que desde los años 40, esta población fue arrastrada, literalmente criminal a los grandes centros urbanos, con dos propósitos: Uno, despejar, a las buenas o a las malas, las tierras productivas para los señores gamonales y dos, poblar las grandes ciudades de necesitados que trabajarían en fábricas, industria, comercio, fuerzas armadas, narcotráfico y otras líneas por la módica suma del hambre y la marginalidad.

Hechos que han sucedido los últimos 80 años y para cuyo fin se establece una muy cuidadosa estrategia de deseducación, alienación y guerra prolongada, con participación y apoyo del narcotráfico, instituciones del Estado y paraestatales, que nos ha llevado, de una parte, a una condición que impide la participación y el análisis crítico de la realidad, mientras de la otra, a un estado de maleabilidad o docilidad necesario para ser inducidos a pensar y actuar según los intereses y propósitos de esa clase poderosa. 

Situación que, tajantemente, ha derivado en que personas trabajadoras, explotadas, marginadas, maltratadas, estén convencidas que su rol político es defender a capa y espada a los dueños del país, mientras otro grupo de personas se ha ubicado en el otro extremo: una lucha frontal y armada (que alguna vez tuvo credibilidad, pero que hoy está cuestionada y estigmatizada por su relación con el narcotráfico) y  un tercer grupo de población que se ha quedado en la mitad asumiéndose «neutral, apolítica y ajena a ese conflicto de extremos»

Se conjugan, como derivado de este posicionamiento sociopolítico cuatro grandes divisiones de la realidad política, económica y social de la Colombia amarga de Germán Castro Caycedo:

1. El sector de «la gente de bien», o la ultraderecha que, al parecer son el «clan del mal», que generó la guerra (donde ellos no ponen los muertos) la corrupción, la acumulación desmedida e ilegal de la tierra productiva (agrícola o minera), recursos de capital y sistema financiero, bienes del Estado y erario.  Maneja la educación, la salud, el empleo, la justicia, las leyes y los medios de comunicación, en función de sus intereses económicos. Son en esencia capitalistas que se mueven entre el narcotráfico, el fascismo, el gran comercio nacional e internacional y la política clientelista y corrupta cuya filosofía es la explotación a ultranza de todos los recursos, sin consideración de sustentabilidad y profunda ambición de acumulación.

2. El sector de los obreros y campesinos, que ha sido violentado, desposeído, desarraigado, agredido, marginado y sus derechos menguados, arrancados, relativizados y que, por si fuera poco, tuvo que aportar los combatientes y los muertos.  Muy a pesar de su condición, la manipulación y alienación los lleva a veces a votar por sus verdugos.

3. El sector de empleados, profesionales asalariados de la clase trabajadora arribista, que a través de su ingreso accede a una parte de las buenas condiciones de vida (estudio, casa, finca, carro, empleo, negocios, salud prepagada) que tienen algo de información de los medios de comunicación hegemónicos, y en función de defender estos logros (no siempre legales) y mantener un statu quo, que los beneficia materialmente, se asumen defensores del «sistema» y de sus «representantes», apáticos y, obviamente reconocen, en el sector del poder, no solo la razón de su «riqueza» sino el ejemplo a emular.

4. Un sector llamado de izquierda, tachado de «comunista», que plantea e intenta desarrollar una forma alterna de política, economía, sociología y ambiente, más justa, equitativa, participativa, y honesta. Con posturas más radicales en contra de la corrupción, la explotación de los trabajadores, la usurpación de los derechos, el extractivismo, con muestras cada vez más notorias de contradicciones en varios sentidos, pero fundamentalmente en cuanto a la construcción de unidad en la política, la economía y la administración pública, que deja ver muchas fisuras.

Todo lo anterior, expresado en un resumen grueso y escueto, pero que indudablemente sabemos que tiene muchas aristas que determinan condiciones para una polarización tal, que facilitó establecer y mantener una guerra interna que hace mucho daño, pero que acuna hábilmente lo necesario para exacerbar una corrupción que degrada las instituciones, sus objetivos, sus metas, pero esencialmente su filosofía, normalizando la antiética, la mentira, el engaño, el crimen, etc.

Extremos que derivan en una confrontación extrema de la miseria humana al punto de caer en profundos conflictos con vecinos, amigos, familiares, del colegio, del barrio, por una diferencia política por ser parte de otro grupo distinto, con una característica fundamental, no hay aceptación ni respeto de la diferencia, se amenaza y se castiga brutalmente la participación, la toma de postura, la independencia y la rebelión.

Así las cosas, se mantiene el conflicto para que las diferencias se enfrenten mientras se deciden y materializan normas y leyes que garantizan que la gente de bien tenga el control y cultivar y mantener el odio, centrado en buscar la forma de eliminar la diferencia y a aquel que es diferente.

Todo lo anterior constituye una síntesis natural y descarnada de esta realidad que entraña, en cada verdad, cada mentira, cada crimen, cada afirmación y cada suposición, una serie de detalles, e intríngulis que valdría la pena seguir develando y analizando.

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