Opinion

EL QUE SABE, SABE

Por: Rafael Antonio Mejía Afanador

En la mayoría de colegios y hogares colombianos, por estas fechas comienza la época de los ayayayes, pero se preocupen, a todos, o casi todos no ha tocado. Eso de presentarse uno en la casa con las notas todo cariacontecido o peor, ir hasta el colegio por el informe final de calificaciones es algo que bota más adrenalina que presentarse donde el suegro con la novia embarazada.

Obvio, con nuestros compañeros de andanzas teníamos todos los antídotos posibles: desde hacer cara de dolorosa hasta ponerse tres pares de bluyines. En cualquier caso, el culpable de la debacle siempre fue y será el mismo: el profesor. En ese tiempo no le podíamos echar la culpa a la televisión (un solo canal… calculen) o al internet, porque ni en sueños. Así que el humilde maestro era el único que estaba ahí de papaya para echarle la culpa de nuestra desidia, pereza e irresponsabilidad.        

La pequeña gran diferencia es que nosotros no nos cortábamos las venas ni nuestros padres iban al colegio echando babaza y amenazando con demandas al profesor porque “yo conozco muy bien a mi hijo” y “pero él no es el único”. Menos mal que tampoco existía la tutela, o si no cómo hubiera sido.

Este es el drama que siempre ronda los hogares por esta época. Siempre han existido los malos estudiantes y seguirán existiendo. Nuestro amigo Sócrates decía, hace la friolera de 2.400 años, que “la juventud de hoy ama el lujo, es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y ya no se pone de pie cuando los mayores entran al cuarto”. ¡Dos mil cuatrocientos años! Háganme el favor.

Así que el asunto no es de extrañar, pero lo tenaz del cuento es que el deterioro académico y de valores en los muchachos sí se ha venido evidenciando cada vez más rápido, sobre todo en las últimas décadas. Y todo el mundo tiene la solución, menos los que sí estamos metidos en el cuento, que nos hacen a un lado. Así ni modos.

Quienes hemos estado inmersos en este oficio de la docencia y ya mirando los toros desde la barrera, sí es posible identificar algunos puntos neurálgicos y hacer un esfuercito para que la cosa cambie.

Primero que todo, quienes tradicionalmente han diseñado las políticas educativas y pontifican sobre este tema, jamás han estado en un aula de clase al frente de los sueños, frustraciones, encantos y desencantos de 40 muchachitos amontonados en un salón que más parece diseñado para hacer interrogatorios de la SS. Que no suene a envidia, pero los salones y pupitres de quienes hacen esas leyes no son ni parecidos a los que a nosotros nos tocó.

Así por encimita, aún nos quedan los rezagos del daño tremendo que le hizo a nuestra juventud el famoso decreto 230 de 2002, promulgado bajo la administración de la lumbrera de Andrés Pastrana. Si ustedes recuerdan, con ese decreto era obligatoria la promoción del 95% de los estudiantes matriculados en una institución educativa. El experimento no funcionó y la mediocridad, el irrespeto, irresponsabilidad y falta de disciplina se paseaban campantes por todos los colegios porque al final todos pasaban el año con solo hacer acto de presencia. Todavía estamos viendo los resultados. Un verdadero desastre.

Ríos de tinta han corrido, pero es necesario recalcar que por más que la educación ahora tenga más presupuesto, se haya mejorado sustancialmente la infraestructura, se haya introducido toda la tecnología del mundo y es mucho más inclusiva, seguimos fallando en algo fundamental: el chico de hoy no pone atención. Y así el docente de literatura fuese el mismísimo Gabo, el maestro de ciencias Camilo Llinás o el de sociales Orlando Fals Borda o se disfrace de Esperanza Gómez, si el muchacho no le pone atención en clase y sus padres fungen como abogados cada vez que en criaturo no logra un aprendizaje o se le llama la atención, ahí no estamos haciendo nada. ¡Y nada es nada!      

Por otra parte, el estatus y preponderancia del maestro, su imagen, ha tenido un gravísimo deterioro. ¡Ah, tiempos! cuando llegaba un padre de familia, presto a escuchar las orientaciones del profe de su hijo y saludaba atentamente: ¡buenos días profesor! Ahora no la rebajan del fastidioso y displicente “oye veci, ¿como pa’ qué me necesita? Y de ahí en adelante ya se imaginarán. Obvio, no son todos, pero…

En todo este rollo los menos culpables son los muchachos. El hombre nace bueno y sus padres lo corrompen, diría Rousseau. Los padres de hoy, –“hijos” del experimento del 230 y emparentados con el celular– no les ponen límites a sus hijos. Desde que aprenden a caminar les permiten que se trepen en los muebles de las visitas, que cojan lo que quieran de los supermercados y que armen berrinches por cualquier cosa, ante la mirada complaciente de unos padres que jamás les enseñaron a escuchar un NO. Grave cosa, porque los chicos deben aprender desde niños que hay unos límites que no pueden traspasar, a ser tolerantes al fracaso y a la frustración. Esto es imposible aprenderlo en la escuela, esto debe hacerse desde la casa, no hay de otra.

Los padres modernos no permiten que a sus angelitos les hagan la más mínima observación en la escuela y se ponen como fieras cuando a su niño le hacen un desaire. Algunos, con vulgar desfachatez dejan a sus chiquillos en el colegio media hora o cuarenta y cinco minutos después de la jornada y con la vulgaridad en la boca le dicen al maestro que “para eso le pagan”. ¿Habrase visto mayor insolencia? 

Para ese tipo de comportamientos no hay ningún reproche ni observación por parte de la secretaría de educación. Por el contrario, si el maestro les exige puntualidad, respeto, responsabilidad y decoro, ahí si brincan desde directivos en adelante a proteger a las pobres criaturitas porque cómo así que dizque toca llegar temprano, toca hacer tareas, toca respetar los bienes ajenos, toca guardar el celular y ponerle cuidado a la clase…. Noooooo, eso es maltrato y toca crucificar al maestro.

Cuando los resultados son como los de la pasada prueba Saber 11 (Sogamoso bajó en tres puntos el promedio) el culpable más expedito es el maestro. O sea, quieren que al estudiante le enseñen a ser cumplido pero que le abran la puerta a la hora que quiera; que le enseñen a ser respetuoso, pero no les exigen respeto a los padres para dirigirse a los profesores; quieren que sean súper pilos, pero en la casa no les hacen acompañamiento ni seguimiento a sus deberes académicos. 

Para que vayan pensando cómo se va a poner esto: según la neurocientífica de la súper mega prestigiosa Universidad de Cambridge, Barbara Sahakian, la adolescencia va hasta los 32 años. ¡32 años! Sin comentarios 


PREGUNTA CHIMBA: ¿Ustedes todavía creen que Míster Trump y sus amigotes van tras el ‘Cartel de los soles’? O más bien por el petróleo venezolano. 

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