LA INDIAMENTA GOBERNANDO

Por: Manuel Álvaro Ramírez R.
En la mecánica electoral siempre se espera que un candidato ponga como su segundo a bordo a alguien que le sume votos y en esta lógica, muchos nos preguntamos qué sentido tenía invitar a una mujer indígena que realmente no le pondría sufragios adicionales a Iván Cepeda, habida cuenta de que siempre se ha tenido el apoyo de ese sector de la población sobre todo en el Cauca. Pero al político se le atravesó el filósofo y Cepeda es ambas cosas.
Una vez digerido el primer sorbo de la decisión del candidato, se comprendió que ésta va mucho más allá de la aritmética electoral. Incluso podría pensarse que es una apuesta arriesgada pero coherente desde el punto de vista de los principios. En esta etapa se trata de consolidar un modelo de gobernabilidad en el cual los humildes dejan su papel al que siempre se les ha relegado y pasan a ser protagonistas con un rol activo y visible para jugar en este nuevo escenario.
La designación estuvo pensada para enviar un mensaje, porque Cepeda sabe que, a la segunda vuelta, si la hay, pasará Paloma Valencia, pese a las serias dudas que han surgido por la abultada votación obtenida en la consulta, que resulta sospechosamente incoherente con la del Centro Democrático para Senado y Cámara, pero esa es otra discusión. Así las cosas, las disciplinadas huestes uribistas, sumisas hasta el punto de soportar humillaciones públicas de su propio patrón, nuevamente votarán por Paloma. Es aquí donde entra a jugar su papel protagónico Aída Quilcué. Porque Valencia es la representante de la rancia estirpe conservadora de Popayán, una de las más retardatarias de Colombia cuyo talante quedó al desnudo cuando propuso la escisión de su departamento mediante un muro que dejara a un lado a la indiamenta y al otro los parecidos a ella.
En contraste, Aída es descendiente de Quintín Lame, un luchador icónico que se enfrentó a Guillermo Valencia el ministro de guerra durante el gobierno de José Vicente Concha. Este Valencia, más conocido como poeta que como político, fue el padre de Guillermo León, el abuelo paterno de la ahora candidata Paloma y quien fue presidente de Colombia entre 1962 y 1966 el segundo elegido del Frente Nacional y responsable de los bombardeos a Marquetalia, Ríochiquito, El Pato y Guayabero, contra lo cual se organizaron los campesinos en, esas sí, autodefensas, que posteriormente conformaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC, el EP se lo pusieron después.
Es entonces la lucha entre la partidaria del apartheid a la criolla y la resistencia, una ilustración gráfica de la polarización que existe en Colombia, esa que se quiere ocultar y de la que se culpa exclusivamente a la izquierda, como si dicha división no necesitara de la contraparte. No, Colombia está polarizada, es cierto, porque hay razones que explican la confrontación. Los llamados a no polarizar, que por lo general provienen de la derecha, son una exhortación a aceptar las humillaciones que los pobres han tenido que soportar durante siglos, de manera que cuando alguien reclama sus derechos se le hace el llamado a que no polarice, que traducido al buen cristiano significa que no importan los vejámenes a que se vea sometido, simplemente debe bajar la cabeza y aceptar dócilmente los designios de los maltratadores.
Uno de los principales lastres que nos dejó la dominación española fue ese temor reverencial a los mandatarios, se nos enseñó no sólo a tener respeto sino miedo a esa autoridad representada en el cura párroco, el alcalde, los políticos y hasta el policía de la cuadra. Pero a raíz de las luchas populares que iniciaron desde el momento mismo de la invasión y la destrucción de la cultura propias del pueblo colombiano, aprendimos a reclamar el respeto y los derechos. Eso no cabe en la cabeza de quienes tradicionalmente han ejercido el mangoneo, el maltrato y hasta la humillación pública del subordinado.
Es por esta razón que se agarran la cabeza a dos manos mientras la sacuden incrédulos cuando el candidato más opcionado para remplazar a Gustavo Petro como primera autoridad, anuncia que su vicepresidenta será una indígena de expresión adusta y quien a duras penas terminó la educación básica y ni siquiera alcanzó el diploma de bachiller. No obstante, su liderazgo ha sido reconocido nacional e internacionalmente pues ha desempeñado dignidades como, gobernadora y autoridad indígena del Cauca y en la Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC. Asimismo, ha sido delegada y consejera ante la ONU y la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Por tanto, aceptar que esta mujer valiente forjada en las luchas en la defensa de su pueblo es no sólo el reconocimiento de un derecho sino de una realidad que ayuda a desempolvar un artículo de la constitución según el cual para ser vicepresidente se requiere ser colombiano de nacimiento, ciudadano en ejercicio y tener como mínimo 30 años cumplidos a la fecha de la elección. Exigir títulos académicos como lo hizo la todavía congresista Lina Garrido, más que clasismo es ignorancia. Esto no es un capricho ni un fariseo acto de propaganda con cálculos electorales, es un mensaje al pueblo colombiano que ojalá no caiga en la trampa de medir la capacidad de liderazgo con los mismos parámetros de los reinados de belleza.



