Opinion

Acción Comunal

Por Lizardo Figueroa.

Por estos días está en la agenda del devenir colombiano el proceso de elección de los dignatarios de las Juntas de Acción Comunal, que culminará el próximo 26 de abril.

Uno de los más distinguidos Presidentes que ha tenido nuestra República fue el Doctor Alberto Lleras Camargo, quien durante su gobierno alentó en el Congreso de entonces la Ley 19 de 1958 con las nacientes acciones comunales, en la intención democrática de involucrar a los ciudadanos en ser puentes entre sus comunidades y el Estado para gestionar ciertas soluciones a algunas necesidades del barrio o vereda en materias básicas pero importantes de la cotidianidad ciudadana.

El arreglo del camino, el pavimento de las calles de la comuna, el puesto de salud, el parque, las canchas para el deporte, el salón comunal, las campañas de aseo y ornato, el saneamiento ambiental, en fin.

En las comunidades siempre habrá vecinos que se caracterizan por ser solícitos, solidarios, serviciales y con perfil de liderazgo, que dedican tiempo, energía y conocimiento en abogar ante las autoridades o privadas el apoyo o patrocinio en aquellas obras o campañas de beneficio común; personas que tienen especial predisposición a servir a los demás, a veces incluso hasta su propio sacrificio y el de sus hogares en aras del bienestar colectivo.

Nuestra gente, con las excepciones naturales, se caracteriza por ser ajena a colaborar en el bienestar del colectivo; suele primar en muchos el egoísmo, siendo ajenos a lo que ocurre en sus entornos de convivencia;

sin embargo, la ayuda mútua es el escenario en donde la solidaridad con el prójimo se manifiesta.

En el espíritu de muchos mecenas está el afán de servir.

Pertenecer a una JAC implica un sentido de colectividad constructivo y de entrega.

Tal vez la premisa de un comunal es aquella de «quien no vive para servir, no sirve para vivir».

Tarea difícil la del dignatario de una JAC, pues ha de lidiar con la indiferencia, el negativismo, la maledicencia, la intriga, la indisposición que contagia y divide del vecino que solo espera recibir, pero se resiste a dar.

Hay dinero oficial para redimir las falencias de muchas comunidades; pero a través de la formulación de proyectos bien elaborados y sustentables ante las dependencias de gobierno, se ha demostrado presencia social del Estado en muchos rincones urbanos y rurales de Colombia.

No es tarea fácil servir sin esperar algo a cambio; pero hay gente, como los dignatarios de las Juntas de Acción Comunal, que resuelven echarse encima el costal de los agradecidos y también de quienes tendrán a flor de labio la crítica destructiva.

El próximo domingo los vecinos de barrios y veredas elegirán sus JAC; la mejor suerte para los vecinos colombianos en esta tarea cívica.

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