Opinion

LA CALDERA POLÍTICA

Por Lizardo Figueroa

Recién pasaron las elecciones legislativas; hubo candidatos ganadores y perdedores con sus morrales de triunfos y frustraciones; algarabías para algunos, silencios de derrota para otros.

Pero habría que preguntarse en realidad si fueron las ideas, las propuestas, los programas, los proyectos para una sociedad esperanzada y necesitada de soluciones a sus problemas o los egos, la mezquindad, los intereses de grupos, de familias, de clanes, de partidos, ávidos de poder, de renta, de burocracia, de contratos, de dinero público lo que ganó o perdió.

Es evidente que la cacareada democracia está quedando reducida a pasiones politiqueras que se cuecen a altas temperaturas en las calderas del odio; proliferaron nombres y figuras, algunas nuevas o queriendo reelegirse, completamente ajenas a los intereses reales de la nación.

El hígado viene superando a la razón: un ambiente de cizaña, mentiras y perversidades que anulan el debate inteligente, propositivo, constructivo y generoso.

Los improperios, señalamientos, descalificaciones, el «sacarse los cueros al sol» unos con otros están a la orden del día.

Ciertos medios de comunicación aúpan ese ambiente tóxico todos los días; difunden pócimas de bilis psicológica las 24 horas a oyentes, lectores y televidentes.

En ese espectro enrarecido, vacío de responsabilidad, a veces atrevido y abusivo influye al común de los colombianos que acuden a las urnas. Hoy más que nunca hay gente que vota «emberracada».

En materia de candidaturas políticas, particularmente para presidencia, es vieja costumbre votar en contra que no en favor de alguien.

Todo apunta, una vez superada la etapa electiva de Congreso, a asistir a una pugnacidad peor y con ribetes de incertidumbre para el próximo inquilino del Palacio de Nariño.

Durísimo «chicharrón» le espera a quien resulte elegido, pero sobre todo, produce tristeza el destino de un país que, manejado perversamente por la polarización de ánimos primarios, se resiste estúpidamente a salir de la desventura del subdesarrollo, corrido ya el primer cuarto del Siglo XXI.

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