EL ODIO NUESTRO DE CADA DÍA

Por: Manuel Álvaro Ramírez R.
Quizás no haya un sentimiento más fácil de sembrar que el odio, porque a los seres humanos nos educan para la agresión. Se nos forma como seres egoístas y mediante la represión de los instintos agresivos hemos construido lo que llamamos cultura y civilización. Esta es la teoría freudiana, que si se enseñara en las escuelas ayudaría a comprender muchos de los comportamientos e incluso a prevenir algunos de los males que aquejan a esta sociedad neurótica. Pero la otra cara de la moneda enseña que lo que nos ha permitido sobrevivir como especie es la solidaridad.
Este preámbulo obedece a que una de las características de las contiendas políticas es la reproducción de un odio sembrado en los fértiles cerebros de una sociedad desigual e injusta. Nada más sencillo que plantar odio en unas masas predispuestas al maltrato y la violencia y esto tiene tantos matices que es difícil saber por dónde comenzar. Entonces, para hacerlo desde algún lado comencemos por la familia.
Desde que el individuo nace, en términos estrictos se le inicia en un ambiente de jerarquías, reglas, autoridades, disciplinas y, en muchos casos, violencia física y de otras variantes. Al individuo se le enseña a obedecer y muchas veces contra su voluntad ajustarse a la de quien ejerce el papel de autoridad. Esta primera etapa se complementa en la escuela, o mejor, en el sistema educativo. Los docentes y directivos asumen el papel de los padres, pero quizás donde más se abusa del poder jerárquico es en las iglesias, de cualquier denominación donde, aparte de formar en la sumisión se amenaza constantemente con el castigo del infierno, el hades o como quiera que se llamen esos fantasmagóricos sitios a donde irán los ‘malos’.
De vuelta a la casa, los estudiantes hacen sus tareas y en la noche se reúne la familia en torno a los realities, por lo general diseñados no para incentivar la cooperación y la convivencia sino la capacidad individual de sobrevivir mediante la trampa, la traición, en síntesis, cualquier práctica que fomente el egoísmo. En todo caso se incentiva a quien promueve el odio, la discordia, la disociación y todo aquello que vaya en contravía del instinto gregario, es decir de la cooperación.
Hoy, todo lo anterior encuentra su expresión sintetizada en las redes sociales, porque los algoritmos conocen a los individuos mucho mejor que sus parientes o amigos más entrañables, tienen una memoria que es de lejos mucho más efectiva que la mente más brillante, porque ha acumulado información sobre los gustos, preferencias, simpatías, animadversión, inclinaciones, creencias, intereses. Esa información permanece en los algoritmos almacenada hasta en sus más mínimos detalles, y por eso ya no tenemos que buscar mucho, nuestros intereses se encuentran concentrados y nos buscan a nosotros y nos encuentra predispuestos a aceptar mensajes que denigren del contrario, que se burle de sus puntos débiles o que sea objeto de matoneo. Tal es el caso de la satisfacción con que se reciben en algunos círculos el ‘fuera Petro’ en los estadios o el ‘Uribe paraco hp’ en las calles.
Los noticieros dejaron atrás la función informativa para convertirse en activistas de causas políticas, se inventan hechos que disfrazan de noticias, cargadas de odio que ya ni se preocupan en disimular. Por ejemplo, cuando Gustavo Bolívar era candidato a la alcaldía de Bogotá, en uno de los debates las palabras que más se repitieron por parte de los entrevistadores fue ‘primera línea’, con el único propósito de asociarlo con los jóvenes que protestaron en el estallido social; se trataba simplemente de sembrar odio.
Vivimos en un mundo donde los algoritmos controlan la vida de todos y cada uno de los individuos, sumergidos en un submundo construido a la medida en que cada quien es funcional al sistema económico imperante, que ya está dejando atrás al capitalismo en el cual, había una clara división entre burgueses y proletarios. En el mundo actual, la clase dominante de capitalistas industriales cedió su lugar primero al capital financiero y éste está siendo desplazado por los tecnofeudales como llama Varoufakis a los dueños de los algoritmos que saben cómo crear y hacia dónde dirigir el odio.
Finalmente, líderes políticos de la derecha ya no se molestan en disfrazar sus intenciones, Trump expresa que sería lindo apropiarse del petróleo de Venezuela que lo considera suyo y enfocó sus ataques en el presidente Maduro; una señora armó una carpa al frente de la Casa Blanca exigiéndole al entonces presidente Bush que le devolviera a su hijo muerto en Iraq y otra le respondió ‘pídaselo a Al Qaeda’, ambas destilaban odio. Aquí un aspirante a dirigir los destinos de Colombia promete ‘destripar a la izquierda, como corresponde’, esto sólo para poner unos pocos ejemplos, pero los hay a montones.
El peligro de todo esto, aquí en Colombia, es que este sentimiento se va arraigando tanto, que las amenazas de asesinar a los oponentes se están generalizando de manera realmente preocupante. Al director de la Agencia Nacional de Tierras Felipe Harman, lo amenazó un hombre que ocupa actualmente unas tierras que pertenecieron al extinto capo Gonza lo Rodríguez Gacha; al presidente Petro han intentado varias veces asesinarlo y el mismo Presidente informó sobre un plan para matar al candidato Iván Cepeda. ¿No seremos capaces de convivir sin matarnos unos a otros?


