EN DUITAMA Y SANTA ROSA, UNOS PARAÍSOS ESCONDIDOS

Por Lizardo Figueroa
Crónica de la belleza natural.
Sabía yo de El Salitre, de Cuche, de Cachavita, San Martín y Tunguaquita en la Villa Republicana; de Tocogua y El Rosal en Duitama, creyendo que hasta ahí llegaba el Paraíso terrenal.
Pero ¡oh sorpresa! Aunque los escuchaba nombrar y había pasado por las orillas de sus senderos durante tanto tiempo, bastó la invitación de unos amigos para saber que más allá de los caminos acostumbrados del Pueblito Boyacense; de La Creciente, El Tungón y El Mortiño también eran parte muy importante del Edén de la tierrita.
Recorrer sus caminos, las praderas, sus escuelas, sus grutas y templos, sus estancias, los portales de estos sectores y posadas del Tundama, fueron ocasiones propicias para convencerme de que Dios, cuando creó el universo, tuvo especial predilección por este rincón del altiplano cundiboyacense.
Un camino acá, otro más allá, los potreros y el ganado, el ladrar de los perros guardianes, el mugido de las vacas y terneros, la rosa de los vientos fríos con sus olores a eucalipto y a labranza, la correntía de agua abundante y cristalina proveniente de sus propios nacederos en los cerros tupidos de vegetación nativa, los paisanos en su frenesí de labores de campo, su sencillez, alma buena y generosa saludando al visitante; y en ese recorrido leer los nombres de cada finca, de cada casa, al cual mejor de sonoros e ingeniosos: El Mortiño, Villa Esperanza, La Alquitrana, El Cogollo, hasta llegar a las casas paternas de mis amigos, compañeros de estudio y de trabajo, quienes con devoción se dieron a la tarea de remodelar bellamente el nido donde nacieron, conservando su encanto original, sus muebles de antaño, sus patios y alares que les evoca su niñez, a sus padres, hermanos y abuelos, el calor y la magia de su hogar primero, sus juegos de infancia, sus costumbres de crianza y el sello indeleble de su orgulloso ancestro campesino, a mucho honor, a donde después de recorrer la vida aquí y allá, incluso otros países, vuelven a la cálida hoguera de la casa de mamá.
Fueron unas tertulias amenas, animadas por las reminiscencias, recuerdos gratos de parientes y amigos, recogidos en fotografías de antaño de seres queridos que ya se fueron y de otros que aún viven pasado el tiempo y que les recuerda las raíces de donde vinieron.
El compartir de unas delicias hechas en el viejo fogón de la casa, resbaladas con aguardiente de caña macanuda y gorobeta, el jugo de cebada y lúpulo fermentadas, el infaltable «divino sorbo de maíz», un curado amarillito de varios años, animado con nuestra música de cuerdas y de «la nueva ola» que tarareamos creyéndonos ídolos con nuestras voces hoy ahogadas y el sentimiento de otrora enamorados adolescentes, convirtieron esos contertulios en eventos de fraternidad y amistad que continuarán ocurriendo en otros ranchos palaciegos, con el permiso de Dios y la Virgen del Perpetuo Socorro de Cachavita, patrona de estos lares de ensueño.


