PROFUNDIZAR EL CAMBIO O JUGAR A LA RULETA RUSA

Por Manuel Álvaro Ramírez R.
La lucha de clases nunca ha sido un jardín de rosas. En Estados Unidos se han invertido miles de millones de dólares para proscribir del lenguaje esa expresión y mucho de lo que nos vendieron como teoría económica, por poner solo un ejemplo, no es más que paquetes de propaganda vulgar, envuelta en el papel dorado de los medios de comunicación interesados en la desinformación. Pero el conflicto surge una y otra vez con diferentes matices y la contienda electoral no es más que una pieza más de este rompecabezas aparentemente tan complicado.
Pues bien, esta corta introducción obedece a que después de la primera vuelta presidencial, los resultados nos dieron con la puerta en las narices a quienes creíamos que Iván Cepeda llegaría con una holgada ventaja a la segunda. No fue así y en la columna pasada se señaló que la pelea no es contra Abelardo sino contra una fuerza mucho más violenta si cabe y un enemigo mucho más poderoso y despiadado. Sin embargo, hay razones ahora para ser moderadamente optimistas y lo que ayer fue motivo de pesar e incluso de copiosos llantos mañana puede darnos una agradable sorpresa. Aquí van algunas razones.
A raíz de la derrota, bastante dudosa por cierto a juzgar por las denuncias sustentadas del presidente Petro, y por inesperada aún más contundente, hubo una espontánea respuesta de parte de muchos jóvenes que sintieron cómo y por qué los resultados finales podrían afectarlos quizás de forma irreversible. Optaron por ir a la sede de la campaña de Iván Cepeda en una convocatoria a través de redes sociales, gesto simbólico que dejó un mensaje: Cepeda no está solo. Eso tiene un nombre pero como no pertenezco a esa generación no sé como se llama, pero lo importante es que hubo una primera respuesta. Luego, se nota que en la campaña se replanteó la publicidad y, nuevamente los jóvenes, respondieron por sus canales a veces con las mismas armas de la extrema derecha y, por lo que se ha visto, les está funcionando.
Pero el otro aspecto que ha movido el péndulo hacia la izquierda es que incluso sectores que inicialmente habían sucumbido a las luces, la pólvora, el baile de los bufones y el exhibicionismo genital, han visto tantas incoherencias y confusiones del candidato, que hoy están revaluando hasta qué punto les conviene hipotecar su futuro a una apuesta que es lo más parecido a la ruleta rusa. El candidato de ultraderecha se la ha pasado visitando medios afines pero se mete en unos lodazales que forma él mismo, con unos galimatías cantinflescos que los asesores de su campaña le han aconsejado que no vaya a las entrevistas sin su candidato a vicepresidente, lo que ha puesto en evidencia que soltarle la presidencia a este sujeto sería equivalente a hacerlo con un orangután armado con ametralladora.
Otro punto que ha puesto a pensar a los electores ha sido la descarada intromisión de Donald Trump, quien se ha explayado en elogios hacia su pupilo y lo que ha quedado lo suficientemente claro es la sumisión perruna de quien para la tribuna doméstica posa de tigre. Esto, expuesto con claridad por el periodista Gonzalo Guillén, tiene unas implicaciones muy complicadas porque el juramento que se hace en el momento de optar por la ciudadanía estadounidense es lo suficientemente restrictivo como para dejar muy claro que a partir del momento en que se hace el juramento, la lealtad queda anclada hacia los Estados Unidos por sobre cualquier otra consideración, lo que convertiría a Colombia en un estado vasallo.
Colombia ha estado tradicionalmente condenada a una situación de sometimiento vergonzoso y las oligarquías locales siempre han sido vistas por los colombianos como élites entreguistas, pusilánimes y arrastradas. En la base de la pirámide social ha habido un sentimiento antinorteamericano bastante arraigado producto de comportamientos históricos como el robo de Panamá, la masacre de las bananeras y las actuaciones de la Standar Oil antes de la creación de Ecopetrol, de manera que los elogios de Donald Trump pueden resultar en un buen aporte a la campaña de Iván Cepeda.
Pero quizás el más importante caudal ni siquiera esté en el centro sino en buena parte de la derecha decente que ha sopesado debidamente los peligros de votar por un individuo que encarna lo peor del uribismo, combinado con el poder del narcotráfico y el paramilitarismo reencauchado. Hay serios indicios que muestran que muchas personas que votaron entusiasmados por Abelardo en la primera vuelta han comenzado a verificar la información que existe sobre su papel como abogado, no por el tipo de clientes a los que ha defendido sino a los negocios turbios y su conducta reprobable en su relación con sus propios clientes, como el hecho de haberse quedado con el 90 por ciento de la indemnización que el Estado le reconoció a la familia de Rosa Elvira Celis, aquella mujer violada, torturada y finalmente asesinada en un episodio que conoció todo el País.
A estas alturas, la suerte está echada y Colombia tendrá hoy la oportunidad de escoger entre un filósofo ecuánime y nuestra versión criolla de Jack el destripador, con el agravante que éste actuará con la inmunidad que le otorga el poder lo cual lo hace, de lejos, muchísimo más peligroso.

