Opinion

EL CIUDADANO FAKE

Por: Rafael Antonio Mejía Afanador

“Me gustas cuando callas…”

-Pablo Neruda

Cuando el viejo Orson Welles estaba joven –25 años– volvió a asombrar al mundo con una obra maestra: El ciudadano Kane. Tres años antes, en 1938, había sorprendido con una adaptación para radioteatro de la novela del inglés H.G. Welles La guerra de los mundos, con un realismo tal, que desde ese momento los gringos se creen el cuento de que los extraterrestres los van a secuestrar para llevar la democracia a Marte y, si se puede, al resto del universo. 

El ciudadano Kane, dirigida y protagonizada por el Welles gringo, nos muestra cómo los medios cuando caminan torcidos terminan en el hueco. Kane decide invertir una inesperada fortuna de su madre en un periódico, el New York Inquirer, que, con un estilo sensacionalista y populista, logra captar la atención de sus lectores. Como cualquier Vicky Dávila, sus titulares (¡urgente! ¡explosivo!) buscan escándalo y emoción más que verdad y pronto su imperio mediático se expande. 

La película comienza donde terminamos todos: en una cita con la parca. En su mansión de Xanadú, Kane exhala su último suspiro recordando su trineo de la infancia, marcado con la enigmática inscripción “Rosebud”: capullito, ternurita en inglés.    

Dicen las malas lenguas que El ciudadano Kane se inspiró en William Randolph Hearst, magnate de la comunicación, o mejor del periodismo amarillento ese que sólo busca llegar al hígado más que a la razón y para lograrlo controló alrededor de 30 periódicos, en donde se escribía en forma sensacionalista para ganar audiencia y dinero. Algo así como los likes de ahora. Hearst convirtió la prensa en un espectáculo y en un instrumento de poder, capaz de empujar a todo un país hacia la guerra o de moldear narrativas políticas y sociales en su propio beneficio. 

Hearst tuvo cuerda para llegar hasta el congreso, pero sus posibilidades de alcanzar cargos más altos fracasaron. Quería llegar hasta la presidencia, pero no le alcanzó y más bien “deje así”. Eso sí, el hombre no se quedó quieto: el verdadero poder lo ejerció desde sus periódicos, donde podía mangonear a sus anchas en la política, poner presidentes, congresistas, secretarios y tal cual contratico, todo esto sin necesidad de ocupar un cargo oficial. ¿Conocen a alguien así por esta sufrida patria?

Mientras tanto, en Colombia, el pasado 9 de febrero, sin mucha alharaca, se celebró el día del periodista, en razón a que un bibliotecario cubano llamado Manuel del Socorro Rodríguez editó el primer periódico del país, llamado Papel periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá, el 9 de febrero de 1791. Se imprimió semanalmente hasta el 6 de enero de 1797 y alcanzó un total de 265 ediciones publicadas, coincidencialmente, el mismo número de periódicos del primer tiraje.

Después de esa primera aventura, surgieron otras publicaciones como El Erudito, El correo curioso y el Económico y mercantil de Santafé de Bogotá, fundado por Jorge Tadeo Lozano y Francisco José de Caldas, uno de los más influyentes del S. XIX.

En 1887, en Medellín, don Fidel Cano Gutiérrez fundó El Espectador que a la fecha es el más antiguo de Colombia, junto con El Tiempo, fundado en 1911 en Bogotá por Alfonso Villegas Restrepo. De ahí hacia acá, estos dos medios han marcado la pauta en el que llamábamos hasta hace poco ‘periodismo serio’. Por los lados de la radio, Caracol, RCN, Todelar y Súper se peleaban la audiencia con base en la seriedad, sobriedad y, sobre todo, credibilidad.

Pero lo que a diario vemos, escuchamos y leemos hoy es a unos medios, antes hegemónicos, ahora agónicos. Lo que pasó con RCN y Caracol, no es saludable para una democracia. Es mejor tenerlos diciendo mentiras que cerrarlos. 

Si las cifras en los libros contables aparecen en rojo es una señal de alarma. Si son malas decisiones estratégicas (como lo ocurrido en Toca Noticias) y metidas de pata ‘normales’ ese asunto tiene remedio. Pero cuando un medio ha manoseado, menoscabado y prostituido su activo más importante: la credibilidad… nada que hacer, apague y vámonos. Cuando un medio la pierde, mejor dedicarse a vender empanadas. 

El periodista argentino Mauro Brissio en su libro Toda mentira es falsa hasta que se demuestre lo contrario, dice acerca de este nuevo periodismo dedicado más al marketing que a la verdad: “…ni siquiera se trata de una cuestión ideológica porque un periodista puede ser de derecha, de izquierda, católico, ateo, musulmán, peronista, macrista, lo que sea, pero si difunde una fake news deja de ser un periodista para convertirse en un operador político peligrosísimo para la sociedad”. No se diga más.

La opinión es libre pero los hechos son sagrados, decía C.P. Scott. Esta frase se ha constituido en la piedra angular del verdadero periodismo. Los medios hegemónicos creyeron que podían seguir por ene mil años metiéndonos impunemente los dedos a la boca, pero con el advenimiento del internet, de los freelancers y “el periodista soy yo”, fueron quedando en vergonzosa evidencia y la gente ya no les come cuento. Y sin público no hay pauta, sin pauta no hay plata y sin plata no hay medio. Ésa es la ecuación que los tiene donde los tiene.

Les falta algo que –aparte de la credibilidad– el público no perdona: coherencia. Hoy dicen una cosa, mañana otra. Un día amanecen dignos por algo e indignos por lo mismo pasado mañana. Pasaron del periodismo al activismo. Aquí no se salva ni Radio Nacional.

Un ejemplo: Jorge Espinosa de Caracol radio –a quien admiro por su inteligencia– en 2018 se quejaba porque la revisión de firmas falsas de “Batmans y Supermans (sic) y payasadas de esas” las teníamos que pagar entre todos. Pero ahora, para Espinosa versión 2026, las firmas falsas de Abelardo de la Espriella (62%) le parecen “una estrategia de marketing político”.  ¿Qué tal?    

Por eso aparecen para llenar el espacio personajes que fungen como opinadores ocasionales, gente sin formación académica y cómo no, también excelentes profesionales con formación sólida que vienen a sentarse en el trono del rey depuesto. Por donde se le mire, el asunto está pasando de grave a gravísimo porque aparece el sesgo cognitivo de generalización, que nos hace pensar que “todos son iguales”. 

Afortunadamente existen medios alternativos como Casa Macondo, La nueva prensa, Revista Raya, Vorágine y otros que, sin las plataformas de redes sociales la verían muy difícil, pues los espacios antes eran adjudicados en licitaciones públicas a dedo, como en el caso de la familia Pastrana, que tenía contratos, puestos en el gobierno y un noticiero para defenderse. Y lo que decían Caracol, RCN, El Tiempo y demás, era, literalmente vox dei.  

A los medios actuales les está pasando lo de Kane, quien murió musitando acongojado la palabra escrita en su trineo cuando tuvo que abandonar su hogar: Rosebud, una metáfora que representa la inocencia perdida, la calidez del hogar y la felicidad simple que nunca pudo recuperar, lánguido recuerdo de un tiempo en que era amado sin condiciones, antes de que el poder y la ambición dominaran su vida. Del ciudadano Kane al ciudadano fake. 

Pregunta chimba: Si imponen el uso del taxímetro en Sogamoso ¿Quiénes ganarán, los taxistas o el usuario? Exacto, ninguno: gana el que vende los taxímetros.

Pregunta chimba 2: En un país que se atrevió a votar en contra de la paz, no es de extrañar que un señor que se gana 55 millones mensuales crea que dos millones son demasiado y haya tumbado el salario mínimo vital. Ahora sí la pregunta: ¿Así o más desgraciados?

Publicaciones relacionadas

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba