PAPEL DE LA CALLE

Por Rafael Mejía A.

♪“Pero al darme yo cuenta de todo / con la fe y la esperanza perdida / el papel lo arrojé por el lodo / y con él deseché tu mentira” ♪

Tal vez Alci Acosta cuando les cantaba este tema a los despechinados de Colombia y sus alrededores no imaginó que su sentidísima estrofa iría a encarnar la tusa que los colombianos tenemos con los medios de comunicación tradicionales. Pasaron de tener la casi absoluta hegemonía en materia de credibilidad y confianza del público a ser cuestionados por su descarado y abusivo activismo político y su genuflexión al poder.

Caracol, RCN, Blu Radio, La FM, El Tiempo, Semana y otras yerbas del pantano decidieron traspasar la línea de la ética y la decencia y se arrastraron cual serpientes a buscar la palmadita en el hombro de quienes han detentado el poder de manera, también, tradicional.

Es imposible imaginar un titular en El Tiempo, informándoles a sus lectores, que el dueño del periódico también agarra la platica de quienes pretenden pensionarse, la invierte en carreteras, y que además de sacar una jugosa tajada por cuenta del medio contratico, nos toca pagarle peaje durante 20 o 30 años. Periodista que ose meter las narices en tan delicado asunto, puede considerarse al día siguiente engrosando las cifras del desempleo en Colombia. Y así decenas de conflictos de interés.

Es tradicional, igualmente, que la lambonería y la mendacidad sean parte del atuendo con el que muchos pretenciosos directores de medios se atreven a disfrazar la verdad para hacerla parecer información, cuando en realidad lo que nos están dando es su opinión. Si yo quiero escuchar opiniones diversas, alocadas, aterrizadas, académicas o excéntricas, qué mejor que mi taxista, mi peluquero o mi embolador. Pero si accedo a un portal de noticias o tengo suscripción a un periódico y quiero pagar por información, me tienen que vender información, no opinión.

Antier, 1° de agosto, los señores de Caracol estaban supremamente preocupados por la separación de poderes (ahora sí), dado el deseo del presidente electo de solicitar la libertad de los jóvenes de la primera línea retenidos. Esa misma preocupación no se vio cuando el presidente Duque atacaba sin la menor vergüenza al entonces candidato Petro, y el general Ajúa hacía lo mismo. Ahí sí la Constitución estaba pintada en la pared. En el mismo segmento lograron sacar de quicio a Daniel Mendoza (autor de la serie Matarife) y cuando concluyó la entrevista soltaron su burlona carcajada como si estuvieran en una gallera, no en un estudio de radio.  

En la campaña de 2018 se pudo constatar cómo a uno de los candidatos le preguntaban estupideces en medio de risas y caritas felices, pero al otro lo sometían, en jauría, a un riguroso interrogatorio como para acceder a un post doctorado en Oxford.       

Igual cuando la sorprendida señora Victoria Eugenia Dávila de Gnecco lanzó al aire el famoso “uy jueputa, o ¿sea que Sanclemente sí sabía?”, y su interlocutor, también periodista le responde que sí, pero que “eso no se puede decir”, aludiendo a un embajador de este gobierno que hizo unas mejoras en su finquita (un laboratorio para procesar cocaína).

Expertos en torcerle el cuello a la verdad, en informar a medias o mejor, a inventarse las noticias, como la declaración del Pollo Carvajal en un ficticio directo de Caracol Noticias desde España, asegurando que Venezuela había financiado la campaña de Petro en 2018 cuando en realidad la audiencia judicial no había comenzado y según parece, hasta el sol de hoy, el general no ha declarado. Eso sí, el mencionado noticiero ya tiene lista la noticia… por si acaso.

Este tipo de actuaciones le hace muchísimo daño al periodismo, pues el común de la gente ya asocia periodismo con mentira: En un grupo de amigos al que trae y lleva chismes le dicen en forma jocosa, “es que Fulano es el periodista del grupo”. Y el daño que se le hace a toda la sociedad es inconmensurable.

El miedo, el caos y la incertidumbre, como cuando se inventaron lo del dólar a $5.000 después de las elecciones del 19 de junio, o la caída de las acciones petroleras, si no puede tipificarse como pánico económico por lo menos es una hijueputez de campeonato. La gente literalmente está creyendo que si gana un poco más del mínimo, la DIAN va a caer a exprimirles hasta las medias. Todo esto se lo debemos a los diligentes medios desinformativos de nuestra querida Colombia que han hecho muy bien con su tarea: desinformar.  

Estos bárbaros del micrófono vienen en cuatro presentaciones: De nacimiento, por convicción, por adopción y disimulación.

De nacimiento, y para citar un solo ejemplo, tenemos a la preciosura de Velecito chiquito, quien heredó la prepotencia, arribismo y sobradez del papi: el recién condecorado Carlos Antonio, antiguo amiguis de los Rodríguez Orejuela y quien, literalmente escupe balas.

Por convicción tenemos a un ejemplar llamado Pachito. Su primo Juan Manuel dice que Pachito “es un chiste”. Pero es un chiste macabro, porque esta clase de espécimen de verdad cree que es un enviado de Dios para enseñarnos qué está bien y qué no y sabe posar como víctima cuando en realidad ha caminado con paso fino por los límites de la ilegalidad. La directora de Semana y el director de Blu Radio encajan aquí divinamente.

Por adopción tenemos nada más y nada menos que a Salud Hernández. Sin comentarios. A esta señora sólo le falta ponerse la camiseta y la gorra de cualquier facho que se lance a cualquier vaina y darnos fuete. Su ética está al mismo nivel de la inteligencia presidencial.  

Y disimulación, ¡ay, Dios! estos sí que son peligrosos porque uno no sabe a qué atenerse. Basta recordar a Claudia Palacios quien muy disimuladamente le echó en cara el origen humilde a la vicepresidenta Francia Márquez, o Yamid Amat, quien miraba como bicho raro y con risita de “no lo puedo creer” a nuestra embajadora ante la ONU, Leonor Zalabata a quien, de paso, Paola Ochoa, de La W, intentó pordebajear por no hablar inglés. Y qué me dicen de Gustavo Gómez, intentando día tras día parecer simpático (en realidad lo es) y muy objetivo e imparcial. Pues lo siento: cuando su colega Juan Pablo Barrientos, de la misma cadena, intentó poner al aire un informe sobre el cartel de los medios (periodistas que cobran por publicar o dejar de publicar ciertas noticias) el señor Gómez no lo autorizó. Barrientos renunció y Gómez respiró aliviado.

Si no fuera por redes como Twitter, estos detallitos podrían pasar desapercibidos… Y después dicen que la alcantarilla es Twitter.   

Obvio, existen siempre los héroes que ganan su billetico honestamente y honran esta profesión, porque ejercer esta labor con la espada de Damocles de los dueños de los medios es realmente un riesgo. Miren lo que le hicieron a Diana Uribe en Caracol, a Santiago Rivas en RTVC o a Noticias Uno.

Mucha tela de dónde cortar, pero el tema será para otro día. Mientras tanto queda el sinsabor de que el papel de la prensa es como el título de este bolero: papel de la calle.

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