ASÍ SE ENAMORARON PAPÁ Y MAMÁ

Por Lizardo Figueroa
Pistas que obtuve compartiendo en larga y animada tertulia con una amiga, muy querida ella, que visito de vez en cuando, quien goza de una envidiable salud, exhibiendo además una memoria feliz, no obstante sus ¡94 añitos no más!
Confesó que siendo adolescente aún, una tarde del año del ruido, llegaron de visita a casa unos compadres amigos de sus mayores con un mozuelo imberbe de poca simpatía, digamos, con quien pocas veces había cruzado algunas palabras sobre el clima, el costo de la vida, los chismes de la vereda, en fin y ya entrando en confianza los viejos, vino la sorpresa: «mi papá me notificó que entre compadres y con la venia de su reverencia el cura párroco, habían convenido que el jayán imberbe sería mi marido, que la boda tenía fecha tal día a las 5:00 a.m. en la iglesia del pueblo, que estaban a paz y salvo con los diezmos y primicias con la parroquia y que…»
«Quedé como una estatua, casi sin resuello. No se podía contradecir ni chistar; lo que resolvían los taitas, eso se hacía y punto».
Y así, se casaron y tuvieron 4 hijos que levantaron a troncas y a mochas; marido y mujer no tuvieron tiempo para nada más en la vida que trabajar para mantener la prole; convivieron en las buenas y en las malas durante un tiempito de 50 años, hasta cuando él resolvió irse adelante a visitar a San Pedro.
Sin embargo, por fortuna, mi amiga vivió para contarme lo que ocurría con otros enamorados de mejor estrella entonces.
Contó que los pichones de Cupido de su juventud se enamoraban con poemas, canciones, acrósticos, versos, serenatas, cartas, marconigramas, palabras bonitas, flores, invitaciones a tomar café, a fiestas con ajenjo, serenatas con músicos de tiple y violín a la ventana, idas a paseo, una joyita, una estampa, un rizo de cabello, tirándose piedritas en la quebrá, mil cortesías, finezas, detalles, declaraciones de amor (y de renta de los taitas) coplas, perfumes, una fotografía, un pañuelo perfumado, una llevada a «función» (película) eso sí y en todo caso en compañía del hermanito, a una obra de teatro, un concierto de piano del corista de la parroquia, a misa mayor del domingo, a un matrimonio, un cumpleaños de la prima y por último, a manera de compromiso, arras (anillo de oro o 13 monedas de centavo que regala la madre de la novia) boda con francachela, regalos, luna de miel en Girardot o Jenesano, comilona de noche y de día, chingue y chapuzón en el río, vuelta a la posada, aterrizada en la realidad, «el que se casa, con su costalito a la plaza», «al principio risitas y muchas rosas y al cabo de poco tiempo, trabajos y malas cosas».
Así se enamoraban papá y mamá.
En los años 30 a 50, en la América hispana, estaba de moda una canción cubana que se escuchaba en las victrolas o en las nacientes emisoras: «Damisela encantadora», en varias versiones; siendo la que escucha con frecuencia este servidor, en la voz del mexicano Juan Nepomuceno Arvizu.
Me cuentan que las canciones del médico mejicano Alfonso Ortiz Tirado sonaban en todas partes (Hacia el calvario, El clavel del aire…) siendo el «hit» de aquellos tiempos para los casi derretidos de pasión: «Las perlas de tu boca»…»esas perlas que tú guardas con cuidado, en tan lindo estuche de peluche rojo, me provoca nena linda en loco antojo, de besarlos locamente enamorado…»
Así se enamoraban papá y mamá, tiempos ha.

