Opinion

AMENAZAS CREÍBLES Y OTRAS NO TANTO

Por Manuel Álvaro Ramírez R.

En Colombia hay un patrón muy conocido en materia de tratamiento a los opositores políticos, que consiste en señalar desde el poder, el real, a alguien como el enemigo, ya sea tildándolo de colaborador cuando no militante activo de tal o cual organización. Un grupo especializado toma atenta nota, traduce el mensaje, prepara la logística y ejecuta la orden. Por eso, jamás se va a encontrar un memorándum ordenando tal o cual asesinato, basta con una declaración a algún medio para que las miras se alineen y apunten hacia el objetivo señalado. Ha operado así desde hace muchísimo tiempo y sigue funcionando. Por tanto, son risibles las amenazas fabricadas en serie con las mismas flores, las mismas cintas, las mismas leyendas, provenientes originalmente de una amenaza, esa sí real, contra el director de la Oficina de Registro de Soacha, Rafael Enrique Mariño.

Pero lo que sí es preocupante es la información obtenida de la Central de Inteligencia Americana CIA, según la cual se estaría fraguando un atentado contra el candidato Iván Cepeda Castro. No es una de tantas amenazas, es una alerta obtenida del organismo de inteligencia más importante del mundo, de manera que el peligro está latente, aunque por ahora conjurado.

Ahora pongamos en blanco y negro la situación real. Iván Cepeda ha venido creciendo en las encuestas, lo que marca una tendencia que de continuar le permitiría ganar en primera vuelta, eso es una posibilidad real y la derecha se encuentra empantanada luchando por el segundo lugar, simplemente trasladando unos votos para Paloma y otros para De La Espriella según la encuestadora o según el momento. Daniel Coronell y otros periodistas del pantano, como llamaban en Francia a ese sector que aquí le dicen centro pero que siempre termina en la derecha, tratan por todos los medios de posicionar a Sergio Fajardo hasta ahora con muy poco éxito, lo que no quiere decir que no pueda surgir del fondo como lo hizo en su momento Rodolfo Hernández, pero el viejito por lo menos tenía discurso.

 Y es en este escenario en el que surge el gran peligro, porque realmente lo que a la derecha la irrita, y con mucha razón, es que de continuar un gobierno de izquierda, seguirá también saliendo a flote toda la podredumbre sobre la cual se mueve ese sector acostumbrado a hacer del erario su cuenta personal, de las instituciones su feudo de poder y de los bienes públicos su patrimonio. Lo que les avergüenza a los pluto-cleptócratas y quieren impedir es que se siga señalando como rateros de los recursos de la salud a los Pastrana y los Santos, como criminales convictos a Ciro Ramírez, como despojadores de tierra a los miembros del equipo de Paloma Valencia, y como un hampón estafador de otros delincuentes a Abelardo De La Espriella. Entre tanto, la continuación del Gobierno del Cambio luchará por acabar con ese temor reverencial con que se acostumbraba a tratar a esa clase dirigente empecinada en aferrarse a la teta del Estado.

La burguesía colombiana es una clase parásita que no se ha caracterizado por construir empresas que generen valor agregado, las grandes fortunas están ligadas principalmente al sector financiero, al dominio feudal de grandes extensiones de cultivos como la caña de azúcar, el banano, las flores y la palma de aceite, así como algunas haciendas ganaderas y a un sector de contratistas y concesionarios del Estado que proliferaron a partir de la adopción del modelo neoliberal y que hoy se arropan bajo el nombre de libertarios. No hay muchos destacados industriales y lo que representa Bruce Mc Master es lo que queda de un sector manufacturero ligado a las multinacionales y a unos cuantos plutócratas criollos, algunos también descendientes de extranjeros, pero incapaces de construir una clase verdaderamente empresarial. De ahí el precario desarrollo de la industria manufacturera.

Por tanto, lo que se está viviendo en Colombia es una lucha de clases, pero a diferencia de la que se libró en Europa durante la Revolución Industrial, la colombiana es una lucha entre un proletariado, bastante heterogéneo, un gran sector tradicionalmente excluido que ahora se denomina bajo en eufemismo de Economía Popular, los docentes y los trabajadores de la industria que todavía queda y un sector rentista, concesionarios y contratistas estatales, enemigos acérrimos de que los trabajadores gocen de mínimas garantías de salario digno y condiciones de vida razonables, aunque existen encomiables excepciones. Esta clase social es por su propia naturaleza reaccionaria e intransigente, cuando se trata de los derechos y está dispuesta a pasar por encima de quien o de lo que sea para mantener sus privilegios.

Es en este contexto que hay que entender el presunto atentado contra el candidato Iván Cepeda. Las otras intimidaciones, aunque no hay que menospreciarlas son simples cortinas de humo para ocultar la amenaza real y dar la impresión de que en Colombia todos los candidatos están en peligro de muerte, porque amenazar se convirtió en una especie de deporte nacional.

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