Opinion

ABRIL, MATEMÁTICAS MIL 

Por: Rafael Antonio Mejía Afanador

Dedicado al Ing. Abdénago Abril Malagón (1942-2026) 

In memoriam  †

Uno de los debates más serios en el que nos podemos ver envueltos es el de escoger cuál etapa fue más feliz, si la del colegio (primaria y secundaria) o la de la universidad. Adeptos y detractores los hay, tanto para la una como para la otra.

Independientemente de esta elección, voy a referirme a la etapa del colegio. En mi Paz de Río del alma, las primeras letras las inoculó en mi corazón la profesora Emma Rangel de Hernández. Lo más rico de esa época feliz e irrepetible era el paseo de los miércoles. Como éramos algo saltarines, el esposo de doña Emma, Libardo, ayudaba a cuidarnos. A veces íbamos hasta el otro lado del río Chicamocha, a unos pastizales aledaños a la bomba de don Eduardo Vega a hacer melcochas, mirar el río de lejitos y de paso quedarnos embelesados mirando las maniobras de ese monstruo de acero que aún lleva carbón, hierro y progreso a nuestros paisanos. 

Lo que hoy me llama la atención de esos paseos de antaño es que no había que pedirle permiso a la Unesco ni a la DEA ni a la Presidencia de la República para hacerlos, ni pasar proyectos al DNP ni a ningún ministerio. Simplemente el paseo se hacía y ya. Sin ministerio y sin misterio.

Ya más grandecito, como de siete años, me tocó arreglármelas con doña Aura Cárdenas de Albarracín, señora estricta y algo brava pero excelente maestra. Nos hacía unos fenomenales concursos de lectura que nos ponían a leer a velocidades increíbles cualquier texto, obvio, con su par de pregunticas para cerciorarse de que no sólo éramos cotorras, sino que entendíamos muy bien lo que leíamos. Los que no daban la talla, ya se imaginarán lo que les venía pierna arriba.

Y así, sucesivamente, hasta el bachillerato, todos excelentes profesores. Todos. No recuerdo uno malo. 

En las discusiones con mis colegas –traguito va, traguito viene– acerca de qué es ser un excelente docente, tengo mi propia teoría: el mejor docente es aquel que yo hubiera querido para mis hijos, como profesional y como persona. Pocos me lo discuten.

Por esto viene a mi memoria esa figura de autoridad, de respeto y don de gentes del ingeniero Abdénago Abril Malagón, fallecido el pasado domingo 18 de enero a sus ochenta y cuatro años.

Permítanme relatarles por qué él era un auténtico fuera de serie. Hoy en día, la profesión docente está llena de profesionales que no son docentes. Nosotros, los de mi generación en Paz de Río, tuvimos la suerte de contar con dos excelentes profesionales, ingenieros ambos: Luis Alfredo López Espinosa (rector, también fuera de serie) y Abdénago Abril Malagón.

Desde su natal Carcasí, Santander, pequeña población que ostenta la iglesia más antigua de la Provincia de García Rovira, sin mucho aspaviento, llegó a Paz de Río en 1952. Y fue aquí, en estas tierras bañadas por el Chicamocha y el Soapaga donde su corazón se quedó para siempre con Gladys Rincón, agraciada dama con quien formó un bonito hogar, junto con sus hijos Vladimir, Liliana y su nietecito a quien tanto amaba.

En la década de los setenta se vinculó al colegio, en ese entonces llamado Marco A. Mejía, después IBTIMI y ahora IETIM, para ejercer como docente de matemáticas y coordinador de la sección de talleres. 

A pesar de no contar con una imponente estatura, su grandeza de carácter infundía un respeto admirable. No era temor, era puro respeto. No sé de qué trucos se valía, pero entraba al salón de clase y todo comenzaba a fluir como en cámara lenta y en menos de dos minutos todos estábamos en nuestros lugares, sentaditos, juiciositos y dispuestos a aprender. Todo sin un solo grito. Jamás lo escuché alzar la voz. Con su mirada paternal, pero estricta, ya sabíamos dónde estaba nuestro límite. 

Llegaba, lento y parsimonioso, saludaba muy atentamente, se alzaba dos o tres veces sobre sus talones y dejaba que el ruido se ausentara en un eterno momento. Ese silencio perseguía las miradas de quienes estábamos sentados. Las primeras veces uno pensaba que rezaba mentalmente, porque, entre otras cosas, éramos algo terriblosos. Pero no, no estaba rezando: estaba, disimuladamente, contando el número de estudiantes presentes. Si alguna vez hubo rezos, no eran por él, era por nosotros porque cuando terminaba de contar… ¿Dónde están Pérez y Mejía? ¡Ah, no están! Y sacaba su libreta y tomen su falla.

Sin perder un segundo más, se dirigía al tablero (en ese tiempo a pura tiza) y lo dividía en tres secciones. En la mitad anotaba el tema de la clase de álgebra o cálculo y en la parte superior derecha, la fecha. Y empezaban a llover números y signos por el lado izquierdo y él a explicar en forma pausada y recordando siempre los temas anteriores. En esas tormentas de números nunca vi los nubarrones de un borrón. Todo en ese campo de batalla, que era el tablero, se veía perfecto.

Nunca le respondió a un estudiante “éso ya lo vimos en la clase pasada”. Es más, se adelantaba a nuestras preguntas y si la solución de un ejercicio era, por ejemplo, la raíz cuadrada de tal número, sacaba una tiza de otro color y decía, “para los que no se acuerdan cómo se saca una raíz cuadrada… es así”, y lo volvía a explicar, siempre con amabilidad, carisma y sus tizas de diferentes colores.

El asunto es que, si en ese tiempo hubieran existido los medios, se podría llegar al salón, tomarle una foto al tablero y ahí estaba la clase bien explicadita. Jamás vi a un profesor manejar el tablero de esa forma. Ni siquiera los súper pedagogos que nos enseñaban a manejar tablero en la universidad tenían ese nivel.

Después de dejar la docencia, aplicó su sapiencia ingenieril en Metalúrgica Boyacá, hoy DIACO, donde, además, ayudó en el campo laboral a varios estudiantes egresados del colegio, ellos dan fe de su calidad humana y profesional. Su carrera en la metalurgia estuvo marcada por el compromiso con la calidad y la innovación en el sector del acero en Colombia.

Ahora, como persona, el ingeniero Abdénago se destacó por tener una seriedad bastante equilibrada: ni muy muy ni tan tan. El respeto que inspiraba en su cargo como coordinador de talleres, lo trasladaba a sus pasatiempos favoritos como el juego de billar y el fútbol, donde se destacó por su espíritu deportivo y caballerosidad. 

Se nos adelantó no sólo un gran docente sino un gran ser humano. ¡Qué orgullo para su familia haber tenido como hermano, tío, padre, esposo, –y nosotros, como sus alumnos– a un ser humano de su integridad, profesionalismo y, sobre todo, decencia y carisma! Descanse en paz, ingeniero Abdénago.       

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